El ocaso de los dioses
Una de las bandas sonoras que han puesto música a mi vida ha sido, la poesía magistralmente cantada y musicada por Paco Ibáñez: era -y es- un deleite,escuchar textos en ocasiones de difícil comprensión que, gracias a una voz consistente, se muestran accesibles a cualquier entendimiento.
Vi actuar por primera vez a Paco Ibáñez, compartiendo escenario con el inolvidable J.A. Goytisolo: uno recitaba sus poemas y el otro los cantaba.
La voz no era la que yo había escuchado en discos, pero aún así transmitía las mil y una emociones. El personaje tampoco me defraudó: que alguien fuera capaz de poner a galopar a todo un auditorio tenía su mérito.
La fama que le precedía le hacía justicia y lo elevé a los altares.
Desde entonces, siempre que ha actuado en mi ciudad o alguna localidad cercana, he seguido fielmente sus recitales.
Pero últimamente algo ha cambiado y su discurso se me empieza a antojar reiterativo: arremeter por ejemplo, contra “yanquilandia” a estas alturas de la película es, cuando menos, trasnochado y pueril.
El broche de oro al desencanto, lo ha puesto el marco elegido para una de sus últimas actuaciones: un lugar “fashiontotal” y de mucha supuesta pasta.
He leído que no interpretó su “A galopar” y eso le honra: no puedo imaginarme al personal, galopando al compás del tintineo de metales caros.
Alguien, con la excusa de mi próxima onomástica, quiso obsequiarme con una localidad para el evento; afortunadamente me lo hizo saber con tiempo y pude, con toda la delicadeza del mundo, rechazar el obsequio.
La pregunta obligada hubiera sido: ¿Qué hacen un chico como Paco y una chica como yo, en un sitio como ese? La respuesta para mí es del todo innecesaria: si me pierdo, nunca me busquéis en un lugar de tanto glamour y poderío.
La respuesta del señor Ibáñez, sólo él la sabe.