THOR (In Memoriam)
En complicidad con una noche cerrada y fría fue abandonado a su suerte.
Ojos asustados, desorbitados, limosneando protección. Gimoteando: ladrido todavía imposible.
Nos siguió hasta el portal de casa y... le dimos cobijo.
Pequeño, apenas proyecto. Pelaje duro: blanco con enormes manchas negras en el lomo y parte trasera; almendrado el contorno de los ojos a modo de antifaz y blanco el entrecejo. El rabo largo, enhiesto, acabado en rebelde tirabuzón más propio de lechón que de can. Patas cortas: débil sostén de boliche de carne recién destetada. Orejas grandes caídas, a modo de chapelas colgando a ambos lados de su pequeña cabeza.
Por la lucha que sus dientes, finos como agujas, sostuvieron con la rodaja de chorizo que le dimos para comer, dedujimos que era el primer alimento sólido que probaba en su vida.
Tenía tan sólo dos meses.
Poco a poco:
Aprendió a levantar la pata para mear como correspondía a su condición de macho de la especie. Le costó unas cuantas costaladas: no calculaba bien el impulso y terminaba, invariablemente, volteado.
Aprendió que un gato, un caballo, un gran danés, no eran amiguetes de juego: sus buenos revolcones tuvo que sufrir hasta llegar a comprenderlo.
Aprendió que las moscas atrapadas a lengüetazos contra los vidrios, no eran nada gustosas; que el agua de los surtidores públicos era un caldo imbebible y que el protector del mando de la tele era harto indigesto.
Aprendió que era el amo quien le sacaba a pasear a él y no al revés.
Aprendió -bueno, esto no llegó a aprenderlo del todo- que mientras se estaba en casa, las necesidades biológicas debían hacerse en una caja con serrín habilitada para tal fin, y que no era él quien tenía que sentarse en la caja con cara de decir: “verdad qué lo he hecho bien esta vez”; después de haber meado en cualquier sitio.
Aprendió a cogerle gusto al baño y a dejar de cacarear igual que una gallina, en cada sesión de aseo.
Aprendió que aquel muñeco de goma con aspecto de fiero cocodrilo era totalmente inofensivo. Lo supo cuando consiguió descuartizarlo y esparcir todos sus miembros: mandíbula, patas, tronco y rabo; y que aquel cojín relleno de miraguano una vez destripado, no encerraba ningún misterio.
Aprendió que el veterinario era un tío muy malo, que le pinchaba y le hacía tragar pastillas a traición. Era tanto su miedo a las visitas que allí mismo, en la sala de espera, se pedorreaba sin pudor alguno, ajeno a que la gente del entono nos miraba y se apartaba de nuestro lado.
Aprendió a erigirse en guardián de la casa, con gruñidos tan feroces que hasta él mismo se asustaba; siempre que ningún ruido sospechoso o desconocido no le hiciera huir despavorido con el rabo entre las patas, buscando refugio en los brazos que quisieran cobijarlo.
Aprendió a devolver al cien por cien todo el cariño que se le daba.
Convivió con nosotros casi cinco meses.
Luego: todos seguimos nuestro propio camino. A él, se le buscó acomodo en una casa rural, donde pudiera expansionarse a sus anchas y dar rienda suelta a sus dotes de cazador de dibujos animados.
Fu una despedida emotiva que nos dejó con el corazón pequeño y entumecido. Sabíamos -seguro que él también- que no volveríamos a vernos nunca más.
Más adelante tuvimos noticia de que era feliz. Que gustaba de dormir sobre un macizo de violetas recién plantadas y que jugando, había matado un pollo. Mal comienzo. Pero ahora su destino ya no estaba en nuestras manos y sí algo en... sus patas.
Atendía por Thor.
Le pusimos este nombre en honor al dios del trueno, que es lo que él era.
Un trueno que todavía retumba en nuestros corazones.
Consuelo