MODAS Y MODOS
¡¡Sin empujar!!
Poder decidir sobre la propia inclinación sexual es un acto de libertad y ha de estar por encima de cualquier condicionante; pero, contemplar a dos muchachitas a las puertas del instituto, cogiditas de la mano y ejerciendo de novietas, es la cosa más grimosa que imaginarse pueda, pues, mientras que la misma escena entre adolescentes de distinto sexo produce ternura, ésta otra es de un descomunal ridículo y de la que, a buen seguro, sus protagonistas abominaran en un futuro o... fingirán amnesia total.
Y es que, con la homosexualidad está pasando como con lo de la resistencia francesa durante la segunda guerra mundial, o lo del mayo francés del 68: tod@s pretenden haber sido protagonistas.
Resultado: si no se tiene o se ha tenido una relación homosexual para añadir al currículum sentimental, se es poco menos que un pringad@.
La génesis de la moda habría que buscarla en el promiscuo mundo artístico, donde a la mayoría de actores y actrices: arquetipos ellos del machote viril y ellas de la hembra devora hombres, se les presume o declara abiertamente gays y lesbianas. Al paso que vamos, sólo se van a librar de la etiqueta el perro Rin Tin Tin y la perra Lassie (aunque ésta por la intrepidez en alguno de sus comportamientos, esté al caer)
Es incuestionable la existencia de quienes sienten atracción sexual hacia los de su mismo género, y no sólo en nuestra especia. Ha sido así desde el origen de los tiempos y, posiblemente, seguirá sucediendo por los siglos de los siglos. Pero que esta inclinación haya devenido epidemia, como quien dice de la noche a la mañana, es lo que le confiere su carácter de moda
Yo -como cualquiera- que he tratado a lo largo de la vida con infinidad de personas, a unas más en profundidad que a otras, confieso que sólo he conocido a tres hombres afeminados (que no homosexuales).
El primero, era un vecino del barrio de mi infancia:”hombre” de exagerado amaneramiento; a los niños nos gustaba pararle y preguntarle la hora para verlo en acción.
El segundo, fue un compañero de trabajo, quien fingía una vez al mes estar con las molestias menstruales.
El tercero, un chavalín que bebía los vientos por mí y al que, algunos años después, descubrí en plena calle (no le saludé por no abochornarle) ejerciendo de maricón declarado: agarrando un monedero de la manera que los maricas creen que lo cogemos las mujeres.
En cuanto a féminas imitando actitudes varoniles, no recuerdo a ninguna en especial.
Homosexual (hago hincapié en que hay que diferenciarlo del marica o la marimacho) lo que se dice homosexual, no conozco ninguno; pero, si la moda sigue al ritmo frenético de ahora mismo, supongo que terminaré llevándome alguna que otra sorpresa.
¡Caramba! Nunca imaginé que los armarios estuvieran tan abarrotados: allí no debe caber ya ni un pañuelo.
Consuelo