MODAS Y MODOS

¿Un mundo feliz?

 

Antes:
Saludaba siempre con un buenos días, tardes o noches
No entraba sin ser invitado; ni marchaba sin despedirse
Cedía el paso y daba las gracias por todo y a todos
Acompañaba a pasar la calle a los ancianos
Ayudaba a subir y bajar escaleras a mamás con cochecitos
No porfiaba por nada ni con nadie:
Tolerante con la intolerancia
Cortés con la descortesía.
Cívico ante el incivismo.

Era un pobre infeliz ninguneado por todos

Ahora:
No saluda a nadie
Irrumpe donde le viene en gana y marcha sin previo aviso
Atropella a quien se cruza en su camino. Exige, exige y exige
Coloca la zancadilla a todo mayor que se le pone a tiro
Empuja escaleras abajo a mamá y cochecito
Se enzarza a pleitear hasta con el lucero del alba:
No tolera que se respire a su lado
No es amable ni con él mismo
El mundo entero le pertenece

Es un pobre infeliz al que todos temen y respetan

 

***

 

Acémilas

 

Este poema o lo que quiera que sea, escrito hace bastante tiempo, ha adquirido sin pretenderlo vigencia en estos días, con la tele mostrando hasta la saciedad (¡qué asco de saturación informativa) la chulesca actitud de ese energúmeno que agredió a una chica en un tren, y la educación que muestran los entrevistadores al dirigirse a él: ¡cómo si se tratara de un personaje respetable!

Esta historia real deja en mantillas y rayando la ñoñería, un poema o lo que quiera que sea que, infravalorado por la mayoría de sus lectores, ha terminado por evidenciar una vez más que la realidad siempre supera a la ficción.

Y si encima en un mismo día se es testigo como lo he sido yo de, por un lado, ver a una chica de aspecto intelectual prepotente, aporrear un contenedor de envases para hacerle engullir una bolsa descomunal de plásticos y derivados (¡con lo fácil que es introducir pieza tras pieza!); y por otro, presenciar en las escaleras del Metro, como dos chicos intentan y  consiguen apoderarse de la chupa de un tercero, se termina con la sensación de que nuestra especia, ha sufrido una tremenda mutación: ¡son acémilas que caminan a dos patas!

 

No me canso de repetir que la edad cretina, o sea, ésa que va entre el final de la infancia y la adolescencia, es una enfermedad de la que nadie se libra; y que no pasa nada pues, paulatinamente, va curando a medida que se cumplen años; pero, cuando tíos y tías más allá de los veinte se divierten haciendo descarrilar trenes; o lanzando piedras contra los cristales de los edificios; o meando -como cánidos dejando su marca- una y otra vez el los alcorques de los árboles; o como el bestia que vi hace unos días, llevando en volandas hasta casi ahorcarlo, a un cachorrito de perro que apenas sabía ni podía gemir; o…

 

Se podrá aducir que no toda la gente más joven actúa de la misma forma,

que la mayoría pertenecen al grupo del ANTES; pero esta mayoría es tan y tan

discreta, tan y tan callada, es tal su mimetismo, que su paso no deja

impronta alguna; mientras que los brutos desbocados, cocean a sus anchas

y sus rebuznos resuenan por doquier

No, no puedo ni quiero, seguir mirando para otro lado ante estos comportamientos tan absurdos como inhumanos, por muy de moda que esté ir de acémila.

Si la naturaleza nos hubiera querido coceando y rebuznando, nos hubiera creado asnos

 

Sala de espera

 

Los que no pararon

Los que sí lo hicieron

Los que no quiso coger

Los que sí eligió tomar

Los que no pudo alcanzar

Los que dejó escapar

Los que ya no pasaran

 

Y continúa en la estación:

asistiendo al trasiego de los trenes

 

Sólo hay uno que,

ni podrá dejar pasar,

ni -aunque  quiera- se le escapará.

En ése, sabe,

tiene plaza fija e intransferible

 

Consuelo

 

Es que tú, eres muy rara

Desde que tomé conciencia de que los niños ni venían de París, ni los traía la cigüeña, he venido cuestionando lo del tan cacareado amor de madre, -¡qué manía muestra el ser humano en etiquetarlo todo!- pues para mí, el asunto no pasa de meros instintos de reproducción, similares a los que sienten infinidad de hembras de cualquier especie animal.
Pero fue durante mi guerrera época juvenil cuando, necesitada de encontrarle respuesta a todo más porfié con el asunto, enzarzándome en arrebatadas disputas metafísicas-seudo filosóficas con cualquiera que tocara el tema de la maternidad y, si bien los chicos mostraban una indiferencia total sobre una cuestión que les resbalaba, no pasaba lo mismo con las chicas y la discusión echaba chispas rápidamente: se ponían insoportablemente cursis para definir cómo sentían ese amor maternal, en lo más íntimo de no sé bien dónde. Eran todas contra mí.
Recuerdo especialmente a una tal Marta: combativa a la par que inconsistente y que, en cuanto se veía acorralada y sin argumentos que esgrimir, terminaba invariablemente con un: --Es que tú, eres muy rara.
Hoy, muchos años después, he vuelto a coincidir con Marta. Ha sido ella la que me ha reconocido e invitado a charlar ante una taza de café, sobre los viejos tiempos. Aunque no me apetecía en absoluto retomar discusiones pasadas, me ha podido la curiosidad de saber cómo le fue con su amor de madre por bandera, y he aceptado. Más que una conversación, lo nuestro ha sido un monólogo; yo me he limitado a intercalar monosílabos y alguna que otra exclamación del tipo: ¡Ah, sí! ¡Qué me dices! ¡De verdad!
Como si tuviera prisa en soltarlo, me cuenta que es madre de una niña de tres meses y su calvario hasta conseguir parirla: diversos tratamientos de fecundidad, -que explica con pelos y señales- y finalmente la inseminación artificial.
Mientras habla y habla la observó atentamente: se me antoja algo mayor ya para someterse a todo lo que cuenta, pero me he librado mucho de expresarlo en voz alta.
--Es que -continúa, ajena por completo a lo que tengo en mente- no me hubiera sentido realizada como mujer si no llego a dar a luz… ¿recuerdas cuando discutíamos sobre el amor maternal?
La percibo tan combativa e insustancial como hace una pila de años; pero, como a mí me la trae ya al fresco la etiqueta que quiera ponerle a sus sentimientos, me limito a sonreír y enfatizo sobre el amor de madre. Si su inteligencia hubiera corrido pareja a su edad habría notado mi sorna; no ha sido así y sigue con lo suyo:--Por fin he podido realizar el sueño de ser madre; ¿tú, tienes hijos?… es algo increíble de verdad y además he tenido mucha suerte, pues en el Ministerio -es funcionaria- me han facilitado guardería para la Yoli: la dejo -bueno, la lleva y la trae Jorge- por la mañana a las ocho y me la guardan hasta las ocho de la noche… además cuando me la entregan ya está cenada y sólo hay que acostarla al llegar a casa.
¿No le das el pecho? -pregunto por preguntar-
Me mira como si hubiera oído la mayor de las imbecilidades. --¡No! Existen infinidad de leches infantiles que suplen con creces la leche materna; además, me daría mucho repelús dar de mamar y tampoco dispongo de tiempo para hacerlo…pues como te decía, he tenido mucha suerte, apenas he de ocuparme de ella, es muy buena y duerme de un tirón… y los fines de semana se la disputan mis padres y los abuelos paternos, así que: una semana se la quedan los unos, otra semana los otros y todos contentos… ah, también se turnan para llevarla al pediatra… me gustaría que la vieras, es una monada, de verdad que sí (Yo, no lo pongo en duda; lo que sí dudo es, que sepa realmente qué cara tiene su hija)

Nos despedimos con dos protocolarios besos, emplazándonos a llamarnos para quedar y seguir charlando.
Tras perderla de vista, no he podido evitar sonreír y susurrar para mis adentros: ¡Es que tú, eres muy rara!

 

Consuelo

Si resulta

Si resulta que sólo somos un mal sueño de alguien.
¡Qué suene ya el despertador!

Y acabe con su pesadilla y la nuestra

 

Consuelo

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La vida y sus circunstancias a través de los ojos de una soñadora cabreada

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