Naderías

 

Abajo:

El hormiguero humano bulle.

Unos aspersores riegan los parterres.

Un perro pata en alto, mea junto a un árbol.

Otro perro acude a olisquear la orina.

Tres ancianos inexpresivos ocupan un banco.

Una mujer y un caniche hacen otro tanto en el banco contiguo.

El kiosco de helados cerrado a cal y canto soporta la solana.

Cinco cotorras (ruidosas como cien) celebran un cónclave matutino

 

Arriba:

En la bóveda celesta maquillada de azul calima,

un avión dibuja una estela blanca que,

Eolo, aventa.

Una nube impertinente,  trata de difuminarle el color

al cielo que esta noche,

se cuajará (con permiso de las impertinentes) de estrellas

y ofrecerá la rentrée -siempre primicia- de una luna tajada de sandía.

 

Y yo desde mi terraza -jardín efímero de

cuatro geranios, un par de enredaderas y unas clavellinas de capa caída-.

como privilegiada espectadora en butaca de palco:

sorbo un poco de té al limón, helado;

entrecierro los ojos;

Goytisolo resbala de mis manos y…

Sucumbo a la ensoñación

 

Si esto no es la felicidad, seguro que es su hermana gemela

 

Consuelo

 

MODAS Y MODOS

De panzas y panzones

Para alguien (o sea, yo), que posee una zona umbilical bastante resultona y que las pocas veces que se ha decidido a mostrarla fuera de las zonas de baño, ha dejado el listón muy alto, le resulta difícil -por no decir imposible- ser benevolente ante la visión de algunas panzas ajenas.
Y es que, no se trata de seguir la moda -cualquier moda- porque sí; porque se es joven y en esa etapa de la vida, parece existir licencia para todo: se puede tener juventud, una anatomía súper atractiva y, sin embargo, ser dueña de un panzón de ballena preñada de trillizos.
A la hora de dar rienda suelta a nuestro instinto exhibicionista, hay que saber diferenciar lo que se puede lucir de lo que no. Tod@s tenemos algún encanto propio e intransferible al que sacar partido, y para el que, seguro, habrá moda que siente de maravillas. Sólo es cuestión de encontrarlo, explotarlo y sentirnos diferentes al resto.

Por todo ello: cuando veo esas barrigas descomunales oscilando de derecha a izquierda y viceversa, o botando arriba y abajo, no puedo evitar traer a la mente aquel tanguillo que la desaparecida Lola Flores, recitaba con su personal gracejo y que dice algo así: "...ella sí que por arriba y abajo le salen colgajos y nos redondeles, que ella dice que son de manteca y se mete los pisapapeles en la biblioteca..."

Mención aparte, merece el panzón de las gestantes que se animan a lucirlo. No sé quién las puede haber convencido de que están guapas con él al aire. ¡Ojo! No me estoy metiendo con el embarazo ni las embarazadas; sólo lo hago con las que esgrimen la cursilada de la maternidad y su intrínseca hermosura, para sacar la tripa al sol, cuando, se mire por donde se mire, estéticamente no deja de ser un panzón por lo general feo, que estaría mejor tapadito: por el bien de retinas ajenas y por el de su feto: quién puede asegurar que no pasa frío. ¡Pobrecito! Como desde donde está no puede quejarse.

Consuelo


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En esta hora del ocaso

Plantó un pino que no medró.
Escribió libros en hojas virtuales.
No condenó a vivir a nadie

 

Anda a la postre:
desmotivado en lo de desfacer y desfacer,
cansado de encasquetarse la bacía,
plantar cara a los molinos y
dolorido por los rebotes de sus lanzadas al aire

 

Finalmente se ha decidido a presentarlos:
-Aquí unos molinos
-Aquí unos vientos
Y, entregados a la liturgia de su danza,
los ha dejado.
Sólo les reclamará de tanto en tanto
con su brisa,
alguna caricia al compás de tres por cuatro

 

Su vida fue como fue.
El guión, -por pluma ajena- ya estaba escrito.
Y si ni las autoenmiendas lograron mejorar las malas escenas
¿Por qué va a ser diferente en el epílogo?

 

Hubo lo que hubo. Hay lo que hay. Habrá lo que habrá

 

Con la melancólica claridad que le brinda la luz de la tarde,
sabe que, si decide tirar adelante la representación,
no conseguirá la gloria pero tampoco habrá abucheo.
O que, si elige hacer caer el telón en cualquier momento,
no tendrá que devolver el dinero ni habrá reclamaciones

 

Ya todo está tan claro
Ya todo está tan puntualizado
Ya todo está tan asumido

 

En esta hora del ocaso

Consuelo


   

     

 

MODAS Y MODOS

San Cantinflas

Consiguió transmitirme su desazón: temor de que, de un momento a otro, iba a quedarse sin pantalones y, lo que es peor, de que iba a dar con sus piños en el suelo. Los vaqueros deslizándose peligrosamente muslos abajo dejaban al descubierto por completo, unas nalgas protegidas por unos calzoncillos azulones de enorme etiqueta identificativa (posiblemente marca puturrú de puturrú). Los bajos de las perneras hacía rato que, tal que escoba de barrendero municipal, barrían todo aquello que se pusiera a su alcance: papeles, colillas, plásticos…
Aunque iba tras de él y no tenía acceso visual a su parte delantera, por la forma compulsiva con que se echaba mano a la zona genital, intuí que la pobre titola estaba siendo castigada lo suyo, con el roce de la cremallera y el botón metálico.
Finalmente decidió cobijándose en la entrada de un edificio de pisos y, ante la caja de timbres, hacer ver que buscaba el piso al que debía llamar. Pasé intentando parecer indiferente al mal trago del pobre muchacho; pero, qué quieren, mi curiosidad fue mayor: terminé mirando con descaro y ver cómo se apresuraba a ajustarse la prenda que, a buen seguro, no tardaría en volver a caer.

En modas, el todo vale no sirve siempre y en el caso de los pantalones caídos, la mayoría de de sus usuarios deberían, antes de hacerla suya, encomendarse a su creador: San Cantinflas, que fue quien con más naturalidad y gracia supo lucirla.
De lo impresentable y poco favorecedora que es esta moda, son conscientes las féminas: pocas se atreven a lucirla. A ellas les va más lo de la panza al aire; pero eso de las panzas y panzones, lo dejo para otro día.

Consuelo


La violeta

Toda humildad,

te camuflas en la hojarasca

¿No sabes de tu hermosura?

¿No sabes de tu fragancia?

 

Consuelo

 

Estado vital: no sabe no contesta

 

Sin  recurrir a nanas

ni a músicas calma fieras

-su rugido enmudeció hace tiempo-;

se ha quedado adormecida

 

Y así, cataléptica,

transcurre su vida de zombi.

 

Y así, cataléptica,

sólo recibe condescendencia

 

Tal vez intuyen, que ya no está viva

 

 

Consuelo

 

 

 

violonchelo

La vida y sus circunstancias a través de los ojos de una soñadora cabreada

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