MODAS Y MODOS

Síndrome de Movilitis

Como quien dice hasta anteayer mismo, oír soliloquios en voz alta por la calle movía a la lástima o a la cautela -o ambas cosas a la vez- hacia el charlat@n y, a tenor de lo que farfullara, se podían intuir sus cuitas o fantasmas particulares.
Esto ha pasado a la historia; hoy ya no nos inmutamos ni aun oyendo cosas de lo más epatantes o tremebundas.
Y así, en un abrir y cerrar de oídos, podemos saberlo absolutamente todo sobre cualquier desconocido que tengamos cerca: nombre y apellidos; edad; estado civil; orientación sexual; número de teléfono; dirección completa de la primera y segunda residencia; numero del D.N.I; número de cuenta corriente...
De dónde viene; a dónde va; si ha comido, cagado, dormido o...
Cuándo tiene cita con el dentista, el urólogo, el psiquiatra...
Toda esta información, sin buscarla, te puede llegar en: la cola del súper; el restaurante; comprando unos zapatos; el metro; el tren...

Luego llegan los inevitables ósculos pegándose puñetazos en su trasiego: muag, muag ,muag; besitos; un beso; besazos...
¡La leche! Si que se ha vuelto besucón el personal.

No hay que olvidarse de las musiquillas: desde “La cucaracha” hasta “Paquito el chocolatero” todo lo inimaginable puede llegar a sonar; y si bien yendo por la calle, el ruido ambiental mitiga esos avisos sonoros; si se disparan en espacios cerrados pueden llegar a ser casi insoportables. Y qué decir de los espectáculos en directo cuando, además, anfiteatros y plateas lucen tal que bosques de luciérnagas.

Confiemos en que este “Síndrome de Movilitis” (cedo la definición a quien pueda interesar) que ha terminado invadiéndonos, ya esté siendo objeto de investigación psiquiátrica.
No hay que ser entendido en esta rama de la medicina para reparar en que, al igual que sucede con algunas patologías mentales, donde la cara es el reflejo de la enfermedad; esa jeta obnubilada que se les pone a much@s ante el minúsculo artilugio, evidencian que se está al borde o metido hasta el fondo de algún tipo de adicción; y más cuando lo que leen o ven como si les fuera la vida en ello son, la mayoría de las veces, simples reclamos publicitarios.

Y no es el sector sanitario el único que debería andar ojo avizor ante el fenómeno “movilitis”; al mundo de la moda también le conviene tomar buena nota. Ya no vale cuidar la caída de las prendas en función de un estereotipo desfasado como era: caminar erguido y con la espalda recta; ahora no, pues dependiendo de si se es diestro o zurdo, el cuerpo se decantará hacia un lado u otro; la cabeza se ladeará tres cuartos de lo mismo; el brazo correspondiente se flexionará; y en el caso femenino se ha de contar también con la forma de llevar el bolso. Y esto durante todo el santo día excepto -espero- las horas de dormir.

Es una lástima que a uno de los inventos más fantásticos de nuestro tiempo, no se le sepa dar un uso más racional. Y ante esta realidad sólo queda exclamar: ¡Dioses! ¡Cómo se pudo sobrevivir tanto tiempo sin él!

* No tengo móvil (Guárdenme el secreto)

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