Es que tú, eres muy rara
Desde que tomé conciencia de que los niños ni venían de París, ni los traía la cigüeña, he venido cuestionando lo del tan cacareado amor de madre, -¡qué manía muestra el ser humano en etiquetarlo todo!- pues para mí, el asunto no pasa de meros instintos de reproducción, similares a los que sienten infinidad de hembras de cualquier especie animal.
Pero fue durante mi guerrera época juvenil cuando, necesitada de encontrarle respuesta a todo más porfié con el asunto, enzarzándome en arrebatadas disputas metafísicas-seudo filosóficas con cualquiera que tocara el tema de la maternidad y, si bien los chicos mostraban una indiferencia total sobre una cuestión que les resbalaba, no pasaba lo mismo con las chicas y la discusión echaba chispas rápidamente: se ponían insoportablemente cursis para definir cómo sentían ese amor maternal, en lo más íntimo de no sé bien dónde. Eran todas contra mí.
Recuerdo especialmente a una tal Marta: combativa a la par que inconsistente y que, en cuanto se veía acorralada y sin argumentos que esgrimir, terminaba invariablemente con un: --Es que tú, eres muy rara.
Hoy, muchos años después, he vuelto a coincidir con Marta. Ha sido ella la que me ha reconocido e invitado a charlar ante una taza de café, sobre los viejos tiempos. Aunque no me apetecía en absoluto retomar discusiones pasadas, me ha podido la curiosidad de saber cómo le fue con su amor de madre por bandera, y he aceptado. Más que una conversación, lo nuestro ha sido un monólogo; yo me he limitado a intercalar monosílabos y alguna que otra exclamación del tipo: ¡Ah, sí! ¡Qué me dices! ¡De verdad!
Como si tuviera prisa en soltarlo, me cuenta que es madre de una niña de tres meses y su calvario hasta conseguir parirla: diversos tratamientos de fecundidad, -que explica con pelos y señales- y finalmente la inseminación artificial.
Mientras habla y habla la observó atentamente: se me antoja algo mayor ya para someterse a todo lo que cuenta, pero me he librado mucho de expresarlo en voz alta.
--Es que -continúa, ajena por completo a lo que tengo en mente- no me hubiera sentido realizada como mujer si no llego a dar a luz… ¿recuerdas cuando discutíamos sobre el amor maternal?
La percibo tan combativa e insustancial como hace una pila de años; pero, como a mí me la trae ya al fresco la etiqueta que quiera ponerle a sus sentimientos, me limito a sonreír y enfatizo sobre el amor de madre. Si su inteligencia hubiera corrido pareja a su edad habría notado mi sorna; no ha sido así y sigue con lo suyo:--Por fin he podido realizar el sueño de ser madre; ¿tú, tienes hijos?… es algo increíble de verdad y además he tenido mucha suerte, pues en el Ministerio -es funcionaria- me han facilitado guardería para
¿No le das el pecho? -pregunto por preguntar-
Me mira como si hubiera oído la mayor de las imbecilidades. --¡No! Existen infinidad de leches infantiles que suplen con creces la leche materna; además, me daría mucho repelús dar de mamar y tampoco dispongo de tiempo para hacerlo…pues como te decía, he tenido mucha suerte, apenas he de ocuparme de ella, es muy buena y duerme de un tirón… y los fines de semana se la disputan mis padres y los abuelos paternos, así que: una semana se la quedan los unos, otra semana los otros y todos contentos… ah, también se turnan para llevarla al pediatra… me gustaría que la vieras, es una monada, de verdad que sí (Yo, no lo pongo en duda; lo que sí dudo es, que sepa realmente qué cara tiene su hija)
Nos despedimos con dos protocolarios besos, emplazándonos a llamarnos para quedar y seguir charlando.
Tras perderla de vista, no he podido evitar sonreír y susurrar para mis adentros: ¡Es que tú, eres muy rara!