MODAS Y MODOS
San Cantinflas
Consiguió transmitirme su desazón: temor de que, de un momento a otro, iba a quedarse sin pantalones y, lo que es peor, de que iba a dar con sus piños en el suelo. Los vaqueros deslizándose peligrosamente muslos abajo dejaban al descubierto por completo, unas nalgas protegidas por unos calzoncillos azulones de enorme etiqueta identificativa (posiblemente marca puturrú de puturrú). Los bajos de las perneras hacía rato que, tal que escoba de barrendero municipal, barrían todo aquello que se pusiera a su alcance: papeles, colillas, plásticos…
Aunque iba tras de él y no tenía acceso visual a su parte delantera, por la forma compulsiva con que se echaba mano a la zona genital, intuí que la pobre titola estaba siendo castigada lo suyo, con el roce de la cremallera y el botón metálico.
Finalmente decidió cobijándose en la entrada de un edificio de pisos y, ante la caja de timbres, hacer ver que buscaba el piso al que debía llamar. Pasé intentando parecer indiferente al mal trago del pobre muchacho; pero, qué quieren, mi curiosidad fue mayor: terminé mirando con descaro y ver cómo se apresuraba a ajustarse la prenda que, a buen seguro, no tardaría en volver a caer.
En modas, el todo vale no sirve siempre y en el caso de los pantalones caídos, la mayoría de de sus usuarios deberían, antes de hacerla suya, encomendarse a su creador: San Cantinflas, que fue quien con más naturalidad y gracia supo lucirla.
De lo impresentable y poco favorecedora que es esta moda, son conscientes las féminas: pocas se atreven a lucirla. A ellas les va más lo de la panza al aire; pero eso de las panzas y panzones, lo dejo para otro día.
Consuelo