Cobarde

 

A tu imagen y semejanza -dicen-

Entonces: drogata, beodo, demente…

Ciego, cojo, manco…

Envidioso, avaro, trolero…

¡Menudo currículum el tuyo, macho!

 

Aprietas pero no ahogas -dicen-:

sádico inmisericorde;

codicioso de dolor ajeno;

espléndido en crueldad gratuita.

¡Termina lo empezado y no te andes por las ramas, malvado!

 

Donas libre albedrío -dicen-

O sea: tú tiras la piedra y escondes la mano;

te apeas del tren aun conociendo su descarrío;

dejas zarpar el barco que sabes a la deriva.

¡Asume tus responsabilidades de creador, chapucero!

 

¿Será por todo esto y tantas cosas más, que,

nunca nadie, te haya visto la jeta?

¿Qué temes, cobarde, que alguien te la pueda partir?

Pero, si eres omnipotente.

Si tú eres Dios

 

Aquello no fue

 

Aquello no fue La Felicidad

 

Porque aquello sólo fue:

Tener veinte luminosos años,

una guitarra a la que rascarle la tripa,

una garganta de gallo y,

consignas sublimes que escupir

 

Porque aquello sólo fue:

Hambre insaciable de un mundo a devorar

Un sueño de prímulas y rosas

Capacidad para creer lo increíble

Deseos díscolos de mejorarlo todo

 

Porque aquello sólo fue:

Impúdica y manoseada utopía

Espejuelos de colores

Ideales a la carta

Espejismo burlón

 

Aquello no fue -siempre lo supiste- La Felicidad.

 

Pero continúas obviando la verdad

-a algo hay que aferrarse-

antes que confesar, derrotado,

que tu vida fue una mierda.

Porque eso: ¿a quién le importa?

 

 

 

.

 

 

ANIMALANDIA




En casa siempre hubo animales de los llamados irracionales, incluso más de uno con dos piernas y algún que otro máster o doctorado en su haber.

Es obligado que mi primera mención sea para el burro de mi abuelo, (quiero decir, que mi abuelo tenía un burro) llamado Manolete y su perro, llamado Moro. Ambos fueron mis corceles particulares, aunque el pollino siempre mostrara mejor disposición que el chucho para dejarse montar; tal vez porque intuía lo que le tocaba cuando la niña de las narices, andaba por medio: invariablemente alguien terminaba aupándome sobre él. De cualquier modo, creo que llevarme a la grupa potenciaba su autoestima, pues yo y sólo yo, era quien le hacía sentir como un pura sangre jaleándole cosas como: ¡arre, rayo! ¡galopa centella! a él, un puro zopenco.
Con Moro la cosa era distinta, para empezar nadie tenía que ayudarme a subir a su lomo ya que en alzada andábamos parejos; así que, siempre que lo tenía a tiro pues arriba que te va. Ahora reconozco que era lógico que el animal llevara mal lo de mi presencia: de pasar los rigores del verano tumbado a la bartola y a la sombra, a tener que trotar a pleno sol y con carga incluida, pues…

También tenía mi abuelo una oca y un marranito. La palmípeda, que atendía por Rafaela, sufría un serio problema de identidad: ¡se creía un feroz perro guardián!  y actuaba como tal. Pobre del desconocido despistado que irrumpiera en su territorio: sería de inmediato perseguido con temibles cuacs, cuacs, cuacs, que eran tanto a más disuasorios que cualquier gruñido canino; y si el desgraciado, finalmente era atrapado, morder lo que se dice morder, la Rafaela no lo hacía, pero sus picotazos eran terribles.

Al cerdito el nombre se lo puse yo: Chino: pero no Chino a secas; se tenía que pronunciar chinochinochino seguido y muy deprisa, si querías que te hiciera caso. Era una bolita muy graciosa y con un bucle por rabo. Una bolita que crecía y engordaba minuto a minuto. Los abuelos le cuidaban muy bien y siempre estaban dándole comida. La última vez que lo vi era ya un cerdo de padre y muy señor mío. Después desapareció misteriosamente y nadie volvió a mentarle, hasta que un día descubrí que, los chorizos y las morcillas con que la abuela obsequiaba a las visitas, eran Chino
Nunca he comprendido ni nunca comprenderé, cómo puede alguien llegarse a comer a quien se ha criado amorosamente y al que, incluso, se le ha puesto nombre.



II
El vivir en un tercer piso de una escalera de vecinos, no representaba óbice alguno para que los animales continuaran desfilando por casa: un loro, pájaros y perros y gatos que se sucedían, eso sí, de uno en uno y nunca mezclando una especie con la otra; si había gato no había perro y al revés.

El loro, dueño de un ego inmenso, era más bien parco en palabras; todos presumíamos en mayor o menor medida, de haberle enseñado a decir algo, pero la realidad pura y dura es, que lo único que pronunciaba alto y claro era: lorito bonito.

Los pájaros eran exclusivamente de dos razas: canarios y jilgueros que, según decían, tenían buen cruzar. Yo eso de cruzar, pues como que no lo entendía: ¿cómo iban a cruzarse si en medio tenían barrotes?

Y jilguero era -ya mereció relato exclusivo en su momento- quien a mi requerimiento de: ¡canta, pajarito canta, para que te oiga la mama! se desgañitaba en trinos para complacerme; el mismo al que tras su muerte enterré con sumo cuidado, en una caja de cartón repleta de geranios arrancados de las macetas del balcón y, el causante del susto morrocotudo que se llevó mi madre cuando, con el tiempo, lo descubrió momificado en la caja olvidada en un escondrijo.

Hubo asimismo otro pájaro que, por mérito propio, ha pasado al anecdotario familiar; resulta que en un descuido se salió de su jaula y voló hasta la cocina donde mi madre, andaba preparando un asado: entre los ingredientes había un vaso con coñac; cuentan, que el tío amorrado al vaso, se metió entre pecho y alas sus buenos tragos del licor; luego -se sigue contando- comenzó a dar tumbos sobre sus patitas para, finalmente y trompa perdido, caer fulminado sin decir -nunca mejor dicho- ni pío.
Eso sí que debió de ser palmarla con alegría.

Cada pájaro habitaba en una pequeña jaula, excepto cuando juntaban una pareja para que criaran: ¡y por fin descubrí lo del cruce!.
Gracias a sus camadas –¿o se dice huevadas? viví algunos momentos de gloria a la hora de jugar a las comiditas: lo que molaba aparecer con huevos de verdad y no de mentirijillas.
Pero no todas las parejas tenían huevos, había una que al parecer no se llevaba bien y cada vez que el macho requería de amores a la hembra, ésta lo acogotaba contra los barrotes y lo acribillaba a picotazos, hasta el punto de dejar al pobre animal con media cabeza trepanada; y es que, se sea de la especie que se sea, hay comportamientos que no varían y, cuando una fémina dice ¡no! es que quiere decir ¡no!



III
A mi hermano mayor, de gustos exóticos en lo que a animales se refiere, su madrina le regaló para su cumpleaños una ratita blanca. Mi madre torció el morro al verla, pero bueno, tampoco era cuestión de hacerle un feo al regalo de su cuñada.
En cambio a mí, sí que me gustaba y no tenía reparos en acariciarla y besar su diminuta cabeza. Me reconozco atípica: nunca he tenido miedo a los roedores. El merito es, sin duda, todo de Walt Disney

Aunque la rata disponía de jaula propia con columpio incluido, campaba a sus anchas por el piso sin ser un incordio para nadie: sólo había que tener cuidado en no pisarla.
Un descuido de alguien en cerrar la puerta de casa, le sirvió al animalito para irse de excursión por la escalera. Oí decir que no había por qué preocuparse: seguro que quien la encontrara, la devolvería. Pasó una semana sin que nadie viniera a traerla. Se dijo entonces que, al ser tan bonita, lista y simpática, lo más seguro era, que alguien se hubiera encaprichado de ella.
Finalmente un día a la hora de cenar, se oyó un gran alboroto entre el vecindario y en medio del barullo, la voz inconfundible por su dulce acento extremeño, de la señora Catalina del quinto: “La he dado de lleno,-gritaba- ésta ya no se rebulle para los restos”
Y supimos que la ratita no volvería.

Mis dos hermanos medianos, criaban gusanos. Cada cual tenía su propio regimiento de bichejos en caja diferente y con su nombre escrito en la tapa. Los alimentaban con hojas de morera que había dos formas de conseguir: comprándolas en la herboristería o, yendo al parque a asaltar las moreras: lo último era, lo que los “gusaneros” del barrio incluidos mis hermanos hacían.
Estas larvas de insecto no me atraían lo más mínimo; los encontraba bichos repelentes y feos que, ni conocían a quien les alimentaba, ni sabían hacer gracia alguna. Y en cuanto al asunto de la metamorfosis, me la traía al fresco: total, sólo salía una especie de polilla sin colorines ni nada.
Lo de los capullos era diferente: eso que de allí se sacara la seda, para hacer los vestidos de las princesas de las pelis, pues… ¡Igual mis hermanos terminaban siendo unos poderosos mercaderes!

Mi mascota por esos días era un gatito. No recuerdo cómo le llamábamos: seguramente duró tan poco en casa que, ni tiempo dio de ponerle nombre.
Cuando yo decidía que era hora de hacer dormir a las muñecas, él no era una excepción: le estiraba a lo largo y de lado como si fuera un bebé, y le tapaba con un trozo de tela que hacía de sábana. El animal, no tardaba en buscar su posición más cómoda en forma de rosca; pero, como la que mandaba era yo, pues un par de azotes y vuelta a empezar. Al principio el minino plantaba cara y uñas, pero era inútil: no sé si por cansancio, aburrimiento o, para que dejara de zurrarle, siempre acababa durmiéndose estirado, echado de lado y tapado con el trapo.
Era como un muñeco más, respondón pero muñeco al fin.



IV
Hubo otro Moro más en casa, aunque sólo en calidad de invitado: nos ocupamos de él mientras sus amos andaban de viaje.
Era un chucho petaner que no tenía nada que envidiar en cuanto a presencia y comportamiento, a ningún perro con pedigrí.
Enseguida postulé para ser su paseadora oficial, me hacía sentir importante y presumir entre la chiquillería del barrio, aquel animal que me obedecía en todo: “que si dame la pata, que si échate, que si menea el rabo, que si hazte el muerto, que si…”
Mi mérito, naturalmente, era nulo: se trataba sólo de que el animal no era bilingüe y, únicamente, entendía las órdenes si éstas eran dadas en catalán.
Para cuando el truco fue descubierto, volvieron sus amos y vinieron a llevárselo.

Llegó entonces un lindo gatito pelirrojo, de tal presencia que el único nombre posible para él era -y así fue-: Capricho; en verdad era un capricho de minino, que pronto se convirtió en un señor gato muy guapo y de porte aristocrático. Fue el único animal de los que transitaron por casa, al que nunca se le dio de comer de sobras: Capricho, siempre fue alimentado con comida especial para gatos puturrú de puturrú.
Estuvo mucho tiempo con nosotros antes de ser regalado a unos parientes, con problemas de ratones en su almacén.
Pobre Capricho, cruel destino el suyo y también tremenda moraleja: de gato sibarita, mimado y gourmet reconocido, a cazador de ratas. Nunca supe qué fue finalmente de él: si se acostumbró o… terminó como pasto de los roedores.

Tras la marcha de Capricho, mi padre apareció un día cesto en ristre, convocándonos con un: “venid a ver lo que traigo”
Del cesto y muerto de miedo, apareció una cosa a medio camino entre Bambi recién nacido y una jirafa sin pescuezo: era un cachorro de pastor alemán, súper flaco y todo patas.
¡Había llegado El Terry!
Se puede decir que fue nuestro primer perro de raza y, como alguien nos había informado que para comprobar si un perro era de pura raza había que mirarle el cielo del paladar, -que debía ser negro-; pues ¡hala! a inspeccionarle la boca, cada vez que alguien dudaba de su casta.

Todavía cachorro se puso malito. El veterinario, amigo de la familia, sentenció: ¡es moquillo! Le recetó unas pastillas y dijo que, si en 48 horas no experimentaba mejora, habría que sacrificarlo; que en llegado el caso, no nos preocupáramos pues él se encargaría de todo.
Fueron unos días muy malos en los que, -al menos yo- ni nos atrevíamos a mirar a Terry. Todos creíamos que se iba a morir o peor aún, que lo iban a matar.
Y se cumplió el plazo dado por el veterinario y llegó el día fatídico y…
No sé si existen los milagros, pero de haberlos, aquél fue uno: el cachorro empezó a comer, a menear el rabo y a querer jugar.
¡El Terry, se había puesto bueno!



V
El Terry, pasó a ser uno más de la familia.
Compartió con nosotros el cambio definitivo de residencia: del piso pasamos a vivir a una casa con jardín en la parte delantera y mucho terreno en la de atrás. El tío estaba encantado de la vida: allí tuvo caseta propia y espacio para correr a sus anchas.
Conmigo, además, compartió una etapa importante de la vida: el paso de la niñez a la adolescencia; él, enseguida se convirtió en un perrazo muy guapo; yo, tardé un poco más en convertirme en cisne.

Ya en la nueva casa, el desfile de animales continuó siendo imparable.
Mi hermano, el de los gustos exóticos, no se conformaba -como suele hacer todo el mundo- con traer de sus viajes los clásicos “pongos” y siempre aparecía con algún bicho nuevo: una iguana; una pareja de anguilas; un mono…

La iguana duró poco: no gustaba a nadie. Mi madre dijo que en casa no la quería; El Terry, después de meterle unos cuantos revolcones, dejó bien claro que en su territorio no había sitio para ella. Así que, con más gozo que pena, desapareció de nuestras vidas.

Las anguilas, de unos 75 centímetros cada una, tampoco eran como para lanzar cohetes.
Fueron metidas en un gran recipiente de vidrio y colocadas, tal que si de un florero se tratara, en un rincón del salón. Eran bichejos de tacto viscoso y totalmente desangelados que, un día sí y otro también, escapaban del recipiente y reptaban hasta el suelo. A todos nos tocó alguna vez recogerlas y volverlas a su sitio.
La pecera apareció un día sin agua y sin anguilas; mi madre, compungida, dijo que esta vez habían llegado hasta el terreno y que allí… ¡las halló muertas!… que cabía la posibilidad de que El Terry…
(¡Ay, si los inodoros hablaran!)

El mono era feo con ganas. En su minúscula cabeza a duras penas cabían unos ojos enormes, como de ido, unas orejas de soplillo y una boca descomunal con un par de colmillos, que para sí hubiera querido el señor Drácula. Colmillos en permanente exhibición, tanto si estaba contento o irritado. Y el rabo, qué decir del rabo: largo, largo, largo y… largo
Al principio le dejaron circular a sus anchas por el terreno pero, eso sí, alejado de El Terry, que algo debió de olerse cuando le mudaron la caseta al jardín.

La cosa fue más o menos bien e, incluso, de vez en cuando se le ocurría alguna monada -pocas-que nos hacía reír.
Hasta el día en que el poder de los genes se hizo sentir: le dio por trepar entre las dos higueras que había en el terreno y ponerse a hacer el saltimbanqui. Total: con su emular a la mona Chita, organizó un cacao de mil pares de narices que hizo movilizar, menos a los bomberos, a todo aquel que quisiera participar en su captura.
Se decidió entonces, tenerlo en una jaula bastante holgada, aunque el rabo siempre le quedaba fuera, lo que terminó por volverle más hostil y antipático todavía; pero, bueno, había que apechugar con el animal, tampoco era cuestión de ponerle pegas a todo bicho viviente que trajera mi hermano.

Y así las cosas, va el mono que además de feo, también debía ser algo bobo y perpetra la que sería su última fechoría: mordió a mi padre cuando el hombre, sólo le estaba ofreciendo la mitad del plátano que se disponía a comer. Le clavó sus temibles colmillos en una mano: la herida se infecto y la mano se le puso como un botijo. Esta vez sí que el mico había begut oli.
Fue llevado al zoo para que se hicieran cargo de él y del mono nunca más se puso.



VI
Con el tiempo, la casa nueva pasó a ser de segunda residencia, para los que nos fuimos incorporando al mundo laboral; y mis padres, no tardaron en montar en el terreno una especie de arca de Noé.
Además de los pájaros tenían: gallinas, patos, conejos, palomas, una gata callejera que se asentó allí a parir sus cachorros, y ¡un cerdo! Sí, otro marrano al que ya ni miré: total, iba a acabar en el puchero; aunque todo hay que decirlo, mi madre -al menos conmigo- mostraba mucho tacto en lo que a la comida se refiere y procuraba siempre que yo aparecía, no poner carne de corral; algo que era de agradecer.

De anécdotas hay a punta de pala: desde operar -sin anestesia y sin tener ni pastelera idea de cirugía- a una gallina, que se estaba asfixiando con un hueso de albaricoque que había tragado, (la que necesito luego reanimación fue la ayudante de quirófano: o sea, yo); hasta  la recuperación mediante masajes y flexiones de patas y alas, de un patito huérfano que mi madre criaba, junto a sus dos hermanos en un barreño, donde apareció flotando panza y pico bajo el agua, con síntomas de ahogamiento. ¡Qué gozada, verle escupir poco a poco el agua que se había tragado! Y cómo aceptaba los mimos que se le prodigaban para, en cuanto estuvo recuperado, si te he visto no me acuerdo

Desde donde nos dejaba el bus hasta casa, andando había como un kilómetro de carretera.  El Terry, era el encargado de ir a buscar a quien fuera aterrizando. Normalmente, él llegaba primero y esperaba sentado en la parada; de todas las veces que te lo encontrabas a medio camino, tenía la culpa la chucha buscona de un vecino, con quien se habría -seguro- cruzado.
Nunca supimos cómo adivinaba cuándo llegábamos exactamente. Mis padres, juraban y perjuraban que no le decían nada.

Y sucedió entonces que, una normativa municipal, obligó a poner bozal a todos los perros que anduvieran sueltos por la calle, aunque llevaran collar y chapa. Y él, que nunca conoció correas ni puertas cerradas, se vio de la noche a la mañana, castigado sin saber por qué, a tener que soportar aquella mordaza: lo llevaba muy mal, y se pasaba todo el tiempo que lo tenía colocado intentando, rabioso, quitárselo con las patas.

Fue a mi regreso de unas vacaciones, cuando por primera vez no vino a buscarme. No me extrañó, pues un mes de ausencia, da para que hasta un perro cambie también sus costumbres.
La razón, sin embargo, era otra: El Terry había muerto.
Se lo encontró mi padre, agonizando, en la cuneta de la carretera.
Un testigo presencial explicó que, mientras obcecadamente, trataba de quitarse el bozal de la mierda, un camión lo atropelló sin ni tan siquiera pararse a ver con qué había chocado.
Y así fue como una ley, creada más con fines electorales que otra cosa, contribuyó a la muerte de la criatura más buena, cariñosa, fiel y noble que imaginarse pueda.

La muerte de El Terry, me dejó tocada durante mucho tiempo.
Hasta que un día apareció Thor
Pero, como ésta ya es otra historia, pues…

FIN

El ocaso de los dioses



Una de las bandas sonoras que han puesto música a mi vida ha sido, la poesía magistralmente cantada y musicada por Paco Ibáñez: era -y es- un deleite,escuchar textos en ocasiones de difícil comprensión que, gracias a una voz consistente, se muestran accesibles a cualquier entendimiento.

Vi actuar por primera vez a Paco Ibáñez, compartiendo escenario con el inolvidable J.A. Goytisolo: uno recitaba sus poemas y el otro los cantaba.

La voz no era la que yo había escuchado en discos, pero aún así transmitía las mil y una emociones. El personaje tampoco me defraudó: que alguien fuera capaz de poner a galopar a todo un auditorio tenía su mérito.

La fama que le precedía le hacía justicia y lo elevé a los altares.

Desde entonces, siempre que ha actuado en mi ciudad o alguna localidad cercana, he seguido fielmente sus recitales.


Pero últimamente algo ha cambiado y su discurso se me empieza a antojar reiterativo: arremeter por ejemplo, contra “yanquilandia” a estas alturas de la película es, cuando menos, trasnochado y pueril.

El broche de oro al desencanto, lo ha puesto el marco elegido para una de sus últimas actuaciones: un lugar “fashiontotal” y de mucha supuesta pasta.

He leído que no interpretó su “A galopar” y eso le honra: no puedo imaginarme al personal, galopando al compás del tintineo de metales caros.


Alguien, con la excusa de mi próxima onomástica, quiso obsequiarme con una localidad para el evento; afortunadamente me lo hizo saber con tiempo y pude, con toda la delicadeza del mundo, rechazar el obsequio.

La pregunta obligada hubiera sido: ¿Qué hacen un chico como Paco y una chica como yo, en un sitio como ese? La respuesta para mí es del todo innecesaria: si me pierdo, nunca me busquéis en un lugar de tanto glamour y poderío.

La respuesta del señor Ibáñez, sólo él la sabe.

 

 

 

 

Para quitarse el sombrero


Creías que todos los humanos eran iguales.

Hoy ya sabes que,

los ricos, son ricos y guapos;

los pobres, pobres y feos

 

No titubeabas al poner siempre la otra mejilla.

Ahora, por fin eres consciente,

del aspecto de eccehomo

que las hostias te han dejado

 

No entendías que,

la bota en el pescuezo, el bonetazo en el cogote,

fueran necesarios para andar recto.

Tú, sin coacción alguna, nunca hacías eses

 

Ignorabas que,

el fruto feliz y jugoso de tu parcela asignada,

requería tierra fértil y con buen drenaje.

La tuya fue fangal estéril desde el principio

 

¡Te hasdejado engañar! Lo sabes ahora,

que nadie tedevolverá el pasado,

que el presenta tiene la jeta cadavérica

y que el futuro te importa un bledo

 

Y aun así:con tus banderas

-bien dobladas-

durmiendo en el arcón de los inservibles,

sigues aquí, en pie, cual monolito victorioso de tu derrota


Consuelo




 

Hazme caso

 

 

Lo deglutes lentamente

para, regurgitado en bilis,

expectorarlo una y otra vez.

 

Y siempre los mismos escupitajos:

Un tiempo en pretérito.

Gentes difuminadas.

Veredas, hoy autopistas.

Oscuros amaneceres.

Noches de melancolía.
Todo lo que pudo ser y no fue

 

Oye, hazme caso:

deja de darle lengüetazos a las llagas,

cúbrelas con esparadrapos de colorines

-mejor momia payasa que vivo ulceroso-;

mira de frente a la vida y,

anticipándote a la postrera embestida de la cabrona,

ofrece un recital de magistrales verónicas

 

Luego, que te quiten lo toreado

 

Consuelo

Amor de humo

Fue la suya una historia de amor que daría,

para arrebatado bolero,

tango desgarrador,

balada de romanticismo subido,

blues de infinita melancolía

 

Pero: ¿cómo musicar el humo?

 

Tuvieron en sus manos,

un diamante en bruto de toneladas de quilates

que, sólo requería algo de pulimiento,  

para convertirlo en joya inigualable.

Hubieran podido vivir de rentas hasta el fin de sus vidas

 

Pero: ¿cómo tallar el humo?

 

¡Necios. Estúpidos. Imbéciles! -se aceptan sinónimos-

No supieron utilizar sus dotes de gemólogos

y echaron a perder  el mayor de los tesoros

 

Él, marchó en pos de una mina espejismo.

Ella, quedó lamiendo la herida de la ausencia.

Y terminaron, ambos, conformándose con circonita 

 

Consuelo

 

 

Acróstico para Eduardo


Juró que, cuando llegara,
una ventana sin barrotes se abriría ante él y,
bocanadas de felicidad, orearían su día a día.
Iniciaría una vida nueva
liberado de servidumbres y ataduras.
Ahora, tiene un sitio fijo en el banco del paseo:
cae la tarde, llega la noche y siempre es lo mismo.
Inició la vida nueva que tanto deseaba.
Óbices para realizar sus sueños no encontró, pero,
no es el futuro soñado y… no se resigna

Consuelo



Reivindicando que es gerundio

 

Reivindico mi derecho:  

 

A no ser castigada, por negarme a participar en ningún circo político,

rebosante de enanos mentales crecidos

 

A poder recomendarle al dios que me fue asignado,

que busque ayuda en Alcohólicos Anónimos

 

A versar sobre el cielo, el amor o las florecillas del bosque;

y ser todo lo poéticamente cursi que me venga en gana

 

A enarbolar la bandera de, el gracias y el por favor;

abominando del exabrupto o el arrollo caballar a lo Atila

 

A renegar de tarjetas de crédito, bancos y banqueros;

aunque los dependientes tuerzan el morro, mientras cuentan el cambio

 

A esa cana que, provocadora, apareció anteayer en la sien derecha,

y que ahí seguirá, sin pretender camuflarla con tinte color ala de mosca

 

A preferir, rotundamente, el vis a vis,

dejando que el móvil críe telarañas en algún cajón

 

Reivindico, en fin, mi derecho a ser una chucha verde 

 

 

Consuelo

Tirando a dar

Tirando a dar

 

 

-Culo, teta, pedo, caca…
¡Oh, qué corrosivo soy!

-Miro el ojo de la perdiz, mientras vacío el cargador en tu garganta
¡Por Belcebú, cuánta transgresión!

-Supercalifragilísticoespialidoso
¡Pedazo metáfora en estado puro!

Mamá, piensa: ¡Qué cruz de hijo, con la edad de Cristo y todavía púber

Papa, piensa: ¡Coño, un hijo es un hijo, pero este mío cada día está más gilipollas

La hermana, piensa: ¡Plasta tío, con razón mis amigas escapan en cuanto él aterriza

El tío, la prima, el vecino, la cuñada, el compañero del curro…
Todo aquel que lo trata, piensa:¡Fantasma!

Irrumpe en el local al grito de: ¡Manolo mi ron con ajenjo!
Manolo (que hoy es Juan) alza los ojos al techo y le sirve una cola con gaseosa.
La mesa solitaria del rincón le espera y, una vez más, ordenador portátil en ristre,
se sumerge en la tertulia virtual donde, parte de los contertulios son él mismo.

Contra la soledad y el fracaso, es cruel hacer puntería.
Por eso y como acto de contrición confesaré,
que la munición es sólo de fogueo.

 

 

Consuelo

Así que pasen mil Navidades

Así que pasen mil Navidades 

 

No puedo precisar año, mundo ni vida

en que, la sospecha empezó a tomar cuerpo

 

¡El prodigio se daba!

 

Pero hoy, con la seguridad que otorga la verdad absoluta,

puedo proclamarlo ya a los cuatro vientos

 

¡Soy inmortal!

 

Año tras año, ese espíritu con fecha de caducidad:

el de breve, pero demoledor reinado; me aniquila

 

¡Y éste, -no podía ser de otra forma- la maldición ha vuelto a cumplirse!

 

Luego y como siempre: sacudo la ceniza, acallo la doliente y bella melodía

y, trasmutada a partes iguales entre Fénix y Espino, hago triunfal reaparición

para, con alas renovadas, echar a volar de nuevo

 

¡Y a vivir trescientos días más!

 

Consuelo

 

 

 

 

 

La felicidad: una cuestión de poca cosa

Perder la noción del tiempo,  contemplando una puesta de sol otoñal 
El lengüetazo de Guau, correa en ristre, reclamando su paseo 
Cinco euros en el bolsillo 
Una ocupación que no aniquile por su inutilidad 
Sorber despacio un café vienés, escuchando el chisporroteo de los leños en el hogar 
Leer de un tirón el Juan Salvador Gaviota y creerse  fuente de la inspiración 
Relación socio-familiar sin que pretendan cultivar en tu huerto 
AMOR 
Tener firmada la paz con la propia realidad 
Ausencia total de cualquier tipo de dolor 
 
¿¡Dónde hay que firmar!?

Consuelo

 

 

De la cuna a la tumba

 

Te pierdes en mi mundo octogonal;

yo resbalo en el tuyo redondo

 

Te guías invariablemente por brújula norteña;

la mía bailotea cual peonza beoda

 

Te ahogas en mi pecera de colores;

yo camino sobre tu ancho y largo mar

 

Te extasías  ante las tapas de los libros;

 yo los abro, los leo y los releo

 

Te miras únicamente  en bellos espejos;

yo sólo en las aguas de mis espejismos

 

Caminas siempre en la dirección que otros marcaron;

Teseo y yo nos tratamos de tú a tú

 

Y, antagónicos hasta la exacerbación,

la paradoja del cariño está  en que,

aun conociendo nuestros mutuos defectos,

continuamos queriéndonos

 

Consuelo

Y tú a mi lado


No te pido
el sol,
la luna,
ni las estrellas.
Tampoco te pido que me eleves a ningún séptimo cielo

Al sol lo quiero libre de barrotes de oro.
Rabioso o sereno. Inclemente o acogedor.
Resplandeciendo por igual para todo bicho viviente.
Poder darle los buenos días y las buenas noches

Y tú a mi lado: recibiéndole y despidiéndole

A la luna la quiero guadianesca.
Anoréxica o con sobrepeso.
Rielando en el Mediterráneo.
Participando, coqueta, en el juego de los eclipses

Y tú a mi lado: buscando sus rentrées

A las estrellas las quiero sin orden ni concierto.
Dibujando caprichosas formas.
Con sus Osas por aquí, su Polar por allá,
y alguna que otra fugaz siempre con prisas.

Y ú mi lado: contándolas al unísono

Al séptimo cielo lo quiero inamovible,
justo donde ahora está.
Con accesibles escaleras,
siempre limpias de ángeles caídos

Y tú a mi lado: paseando una y otra vez sólo hasta sus puertas

_________________

Y yo

Y yo

 

Mi vida ha sido una mierda.
Una estafa que no ha merecido la pena ser vivida
-me dice con serena conformidad-

Y yo,
que excepto el final aún no escrito,
he releído mil veces su mamotreto de infelicidad.
Sé que no miente

Y yo,
que sólo soy puñado de folios a medio escribir,
quiero hoy, ser su libro de reclamaciones.
Aunque nadie remedie ya la injusticia

Y yo,
una vez más, con impotencia,
cobijo sus manos entre las mías
y lloro sus silenciosas lágrimas

 

Consuelo

Malvenido seas

Cuando el desencanto hinque sus incisivos;
y la esperanza clave la rodilla en el camino a ninguna parte

Cuando la bondad humana se antoje entelequia;
y la maldad ajena necesidad catártica

Cuando el futuro carezca de estación con parada;
y el presente haya perdido el equipaje

Cuando falte la capacidad para inventarse ningún dios;
y se asuma la mortalidad: el irremediable ser nada.

Cuando el callejón quede cerrado tras de sí;
y la retina, no transmita el azul, el dorado ni el argenta

Cuando la realidad vapulee una y otra vez;
y no quede sonrisa que ofrecer, ni mejilla que poner

Cuando el sueño se quiebre hecho añicos;
y el desaliento, acunando esté las ilusiones

Entonces:
Malvenido seas a la derrota de los vencidos

 

 

Consuelo

MODAS Y MODOS

Síndrome de Movilitis

Como quien dice hasta anteayer mismo, oír soliloquios en voz alta por la calle movía a la lástima o a la cautela -o ambas cosas a la vez- hacia el charlat@n y, a tenor de lo que farfullara, se podían intuir sus cuitas o fantasmas particulares.
Esto ha pasado a la historia; hoy ya no nos inmutamos ni aun oyendo cosas de lo más epatantes o tremebundas.
Y así, en un abrir y cerrar de oídos, podemos saberlo absolutamente todo sobre cualquier desconocido que tengamos cerca: nombre y apellidos; edad; estado civil; orientación sexual; número de teléfono; dirección completa de la primera y segunda residencia; numero del D.N.I; número de cuenta corriente...
De dónde viene; a dónde va; si ha comido, cagado, dormido o...
Cuándo tiene cita con el dentista, el urólogo, el psiquiatra...
Toda esta información, sin buscarla, te puede llegar en: la cola del súper; el restaurante; comprando unos zapatos; el metro; el tren...

Luego llegan los inevitables ósculos pegándose puñetazos en su trasiego: muag, muag ,muag; besitos; un beso; besazos...
¡La leche! Si que se ha vuelto besucón el personal.

No hay que olvidarse de las musiquillas: desde “La cucaracha” hasta “Paquito el chocolatero” todo lo inimaginable puede llegar a sonar; y si bien yendo por la calle, el ruido ambiental mitiga esos avisos sonoros; si se disparan en espacios cerrados pueden llegar a ser casi insoportables. Y qué decir de los espectáculos en directo cuando, además, anfiteatros y plateas lucen tal que bosques de luciérnagas.

Confiemos en que este “Síndrome de Movilitis” (cedo la definición a quien pueda interesar) que ha terminado invadiéndonos, ya esté siendo objeto de investigación psiquiátrica.
No hay que ser entendido en esta rama de la medicina para reparar en que, al igual que sucede con algunas patologías mentales, donde la cara es el reflejo de la enfermedad; esa jeta obnubilada que se les pone a much@s ante el minúsculo artilugio, evidencian que se está al borde o metido hasta el fondo de algún tipo de adicción; y más cuando lo que leen o ven como si les fuera la vida en ello son, la mayoría de las veces, simples reclamos publicitarios.

Y no es el sector sanitario el único que debería andar ojo avizor ante el fenómeno “movilitis”; al mundo de la moda también le conviene tomar buena nota. Ya no vale cuidar la caída de las prendas en función de un estereotipo desfasado como era: caminar erguido y con la espalda recta; ahora no, pues dependiendo de si se es diestro o zurdo, el cuerpo se decantará hacia un lado u otro; la cabeza se ladeará tres cuartos de lo mismo; el brazo correspondiente se flexionará; y en el caso femenino se ha de contar también con la forma de llevar el bolso. Y esto durante todo el santo día excepto -espero- las horas de dormir.

Es una lástima que a uno de los inventos más fantásticos de nuestro tiempo, no se le sepa dar un uso más racional. Y ante esta realidad sólo queda exclamar: ¡Dioses! ¡Cómo se pudo sobrevivir tanto tiempo sin él!

* No tengo móvil (Guárdenme el secreto)

Nada


Aun sabiéndote entelequia,
reinabas cual Dios supremo en mi Olimpo

Yo te inventé. Y yo, hoy,
te he destruido

Temía tus despojos:
cuando, como tú, no son más que un puñado de humo

 

Consuelo

29 de febrero

 

es guadianesco

ajusta calendarios

día comodín

 

Consuelo

 

La banda de Lucifer

Entran de rondón en vandálico tropel.
Se instalan en su mesa  y, sirviéndoles de festín,
le devoran hasta dejarle en los huesos
Después, danzan con sus despojos

 

Y no sabe cómo impedir su entrada

 

Por eso
teme la llegada de esas noches,
con sueños  poblados de demonios que,
en orgiástico botellón, no dejan títere con cabeza

 

Y no sabe cómo impedir el desmadre

 

Más tarde,
cuando la resaca  -la de todos- llame a la puerta,
un conminativo: ¡Qué cese ya la música!
dará vía libre a luz fumigadora,
que borre todo rastro de Azufre Nª 5

 

Y entonces se hará la paz

Consuelo


THOR (In Memoriam)

En complicidad con una noche cerrada y fría fue abandonado a su suerte.
Ojos asustados, desorbitados, limosneando protección. Gimoteando: ladrido todavía imposible.
Nos siguió hasta el portal de casa y... le dimos cobijo.
Pequeño, apenas proyecto. Pelaje duro: blanco con enormes manchas negras en el lomo y parte trasera; almendrado el contorno de los ojos a modo de antifaz y blanco el entrecejo. El rabo largo, enhiesto, acabado en rebelde tirabuzón más propio de lechón que de can. Patas cortas: débil sostén de boliche de carne recién destetada. Orejas grandes caídas, a modo de chapelas colgando a ambos lados de su pequeña cabeza.
Por la lucha que sus dientes, finos como agujas, sostuvieron con la rodaja de chorizo que le dimos para comer, dedujimos que era el primer alimento sólido que probaba en su vida.
Tenía tan sólo dos meses.

Poco a poco:
Aprendió a levantar la pata para mear como correspondía a su condición de macho de la especie. Le costó unas cuantas costaladas: no calculaba bien el impulso y terminaba, invariablemente, volteado.

Aprendió que un gato, un caballo, un gran danés, no eran amiguetes de juego: sus buenos revolcones tuvo que sufrir hasta llegar a comprenderlo.

Aprendió que las moscas atrapadas a lengüetazos contra los vidrios, no eran nada gustosas; que el agua de los surtidores públicos era un caldo imbebible y que el protector del mando de la tele era harto indigesto.

Aprendió que era el amo quien le sacaba a pasear a él y no al revés.

Aprendió -bueno, esto no llegó a aprenderlo del todo- que mientras se estaba en casa, las necesidades biológicas debían hacerse en una caja con serrín habilitada para tal fin, y que no era él quien tenía que sentarse en la caja con cara de decir: “verdad qué lo he hecho bien esta vez”; después de haber meado en cualquier sitio.

Aprendió a cogerle gusto al baño y a dejar de cacarear igual que una gallina, en cada sesión de aseo.

Aprendió que aquel muñeco de goma con aspecto de fiero cocodrilo era totalmente inofensivo. Lo supo cuando consiguió descuartizarlo y esparcir todos sus miembros: mandíbula, patas, tronco y rabo; y que aquel cojín relleno de miraguano una vez destripado, no encerraba ningún misterio.

Aprendió que el veterinario era un tío muy malo, que le pinchaba y le hacía tragar pastillas a traición. Era tanto su miedo a las visitas que allí mismo, en la sala de espera, se pedorreaba sin pudor alguno, ajeno a que la gente del entono nos miraba y se apartaba de nuestro lado.

Aprendió a erigirse en guardián de la casa, con gruñidos tan feroces que hasta él mismo se asustaba; siempre que ningún ruido sospechoso o desconocido no le hiciera huir despavorido con el rabo entre las patas, buscando refugio en los brazos que quisieran cobijarlo.

Aprendió a devolver al cien por cien todo el cariño que se le daba.

Convivió con nosotros casi cinco meses.
Luego: todos seguimos nuestro propio camino. A él, se le buscó acomodo en una casa rural, donde pudiera expansionarse a sus anchas y dar rienda suelta a sus dotes de cazador de dibujos animados.
Fu una despedida emotiva que nos dejó con el corazón pequeño y entumecido. Sabíamos -seguro que él también- que no volveríamos a vernos nunca más.

Más adelante tuvimos noticia de que era feliz. Que gustaba de dormir sobre un macizo de violetas recién plantadas y que jugando, había matado un pollo. Mal comienzo. Pero ahora su destino ya no estaba en nuestras manos y sí algo en... sus patas.

Atendía por Thor.
Le pusimos este nombre en honor al dios del trueno, que es lo que él era.
Un trueno que todavía retumba en nuestros corazones.

 

Consuelo

 

 

MODAS Y MODOS

¡¡Sin empujar!!

 

Poder decidir sobre la propia inclinación sexual es un acto de libertad y ha de estar por encima de cualquier condicionante; pero, contemplar a dos muchachitas a las puertas del instituto, cogiditas de la mano y ejerciendo de novietas, es la cosa más grimosa que imaginarse pueda, pues, mientras que la misma escena entre adolescentes de distinto sexo produce ternura, ésta otra es de un descomunal ridículo y de la que, a buen seguro, sus protagonistas abominaran en un futuro o... fingirán amnesia total.

 

Y es que, con la homosexualidad está pasando como con lo de la resistencia francesa durante la segunda guerra mundial, o lo del mayo francés del 68: tod@s pretenden haber sido protagonistas.

Resultado: si no se tiene o se ha tenido una relación homosexual para añadir al currículum sentimental,  se es poco menos que un pringad@.

 

La génesis de la moda habría que buscarla en el promiscuo mundo artístico, donde a la mayoría de actores y actrices: arquetipos ellos del machote viril y ellas de la hembra devora hombres, se les presume o declara abiertamente gays y lesbianas. Al paso que vamos, sólo se van a librar de la etiqueta  el  perro Rin Tin Tin y la perra Lassie (aunque ésta  por la intrepidez en alguno de sus comportamientos, esté al caer)

 

Es incuestionable la existencia de quienes sienten atracción sexual hacia los de su mismo género, y no sólo en  nuestra especia. Ha sido así desde el origen de  los tiempos y, posiblemente, seguirá sucediendo por los siglos de los siglos.  Pero que esta inclinación  haya devenido epidemia, como quien dice de la noche a la mañana, es lo que le confiere su carácter de moda

 

Yo -como cualquiera- que he tratado a lo largo de la vida con infinidad de personas, a unas más en profundidad que a otras, confieso que sólo he conocido a tres hombres afeminados (que no homosexuales).

El primero, era un vecino  del barrio de mi infancia:”hombre” de exagerado amaneramiento; a los niños nos gustaba  pararle y preguntarle la hora para verlo en acción.

El segundo, fue un compañero de trabajo, quien fingía una vez al mes estar con las molestias menstruales.

El tercero, un chavalín que bebía los vientos por mí y al que, algunos años después, descubrí en plena calle (no le saludé por no abochornarle) ejerciendo de maricón declarado: agarrando un monedero de la manera que los maricas creen que lo cogemos las mujeres.

En cuanto a féminas imitando actitudes varoniles, no recuerdo a ninguna en especial.

Homosexual (hago hincapié  en que hay que diferenciarlo del marica o la marimacho) lo que se dice homosexual, no conozco ninguno; pero, si la moda sigue al ritmo frenético de ahora mismo, supongo que terminaré llevándome alguna que otra sorpresa.

 

¡Caramba! Nunca imaginé que los armarios estuvieran tan abarrotados: allí no debe caber ya ni un pañuelo.

 

Consuelo

 

De mudanza


Sin hipotecas, avales, ni préstamos,
de aquí a nada, instalada quedará en Villa Futuro

Estrenará casa totalmente decorada de Gris Realidad,
que suplirá al blanco, rosa, añil y verde,
desparramados allá por donde pasara

Miren: se la trae al fresco ya, el estilo de su nueva vivienda
y, ni intención ha mostrado de colgar en sus paredes:
Ilusión, su óleo preferido;
Esperanza, su acuarela fetiche;
ni que Sueños, sus bibelots mimados, trasteen por ningún rincón.

Demasiada cosa inservible atesoraba
que, con la ayuda de Mudanzas Olvido,
va relegando definitivamente al trastero. Para siempre

Desde ahora imperará el estilo minimalista:
nada a lo que quitar el polvo, dar lustre o abonar;
sólo su viejo y resistente armazón de acero y plumas,
donde acomodarse a contemplar

la puesta del sol 

Consuelo


¡Canta! (De Pequeñeces)

 

No enmudezcas tu canto, chicharra.

En el efímero verano:

mejor es vivir de algo más que pan

 

Consuelo

 

MODAS Y MODOS

¿Un mundo feliz?

 

Antes:
Saludaba siempre con un buenos días, tardes o noches
No entraba sin ser invitado; ni marchaba sin despedirse
Cedía el paso y daba las gracias por todo y a todos
Acompañaba a pasar la calle a los ancianos
Ayudaba a subir y bajar escaleras a mamás con cochecitos
No porfiaba por nada ni con nadie:
Tolerante con la intolerancia
Cortés con la descortesía.
Cívico ante el incivismo.

Era un pobre infeliz ninguneado por todos

Ahora:
No saluda a nadie
Irrumpe donde le viene en gana y marcha sin previo aviso
Atropella a quien se cruza en su camino. Exige, exige y exige
Coloca la zancadilla a todo mayor que se le pone a tiro
Empuja escaleras abajo a mamá y cochecito
Se enzarza a pleitear hasta con el lucero del alba:
No tolera que se respire a su lado
No es amable ni con él mismo
El mundo entero le pertenece

Es un pobre infeliz al que todos temen y respetan

 

***

 

Acémilas

 

Este poema o lo que quiera que sea, escrito hace bastante tiempo, ha adquirido sin pretenderlo vigencia en estos días, con la tele mostrando hasta la saciedad (¡qué asco de saturación informativa) la chulesca actitud de ese energúmeno que agredió a una chica en un tren, y la educación que muestran los entrevistadores al dirigirse a él: ¡cómo si se tratara de un personaje respetable!

Esta historia real deja en mantillas y rayando la ñoñería, un poema o lo que quiera que sea que, infravalorado por la mayoría de sus lectores, ha terminado por evidenciar una vez más que la realidad siempre supera a la ficción.

Y si encima en un mismo día se es testigo como lo he sido yo de, por un lado, ver a una chica de aspecto intelectual prepotente, aporrear un contenedor de envases para hacerle engullir una bolsa descomunal de plásticos y derivados (¡con lo fácil que es introducir pieza tras pieza!); y por otro, presenciar en las escaleras del Metro, como dos chicos intentan y  consiguen apoderarse de la chupa de un tercero, se termina con la sensación de que nuestra especia, ha sufrido una tremenda mutación: ¡son acémilas que caminan a dos patas!

 

No me canso de repetir que la edad cretina, o sea, ésa que va entre el final de la infancia y la adolescencia, es una enfermedad de la que nadie se libra; y que no pasa nada pues, paulatinamente, va curando a medida que se cumplen años; pero, cuando tíos y tías más allá de los veinte se divierten haciendo descarrilar trenes; o lanzando piedras contra los cristales de los edificios; o meando -como cánidos dejando su marca- una y otra vez el los alcorques de los árboles; o como el bestia que vi hace unos días, llevando en volandas hasta casi ahorcarlo, a un cachorrito de perro que apenas sabía ni podía gemir; o…

 

Se podrá aducir que no toda la gente más joven actúa de la misma forma,

que la mayoría pertenecen al grupo del ANTES; pero esta mayoría es tan y tan

discreta, tan y tan callada, es tal su mimetismo, que su paso no deja

impronta alguna; mientras que los brutos desbocados, cocean a sus anchas

y sus rebuznos resuenan por doquier

No, no puedo ni quiero, seguir mirando para otro lado ante estos comportamientos tan absurdos como inhumanos, por muy de moda que esté ir de acémila.

Si la naturaleza nos hubiera querido coceando y rebuznando, nos hubiera creado asnos

 

Sala de espera

 

Los que no pararon

Los que sí lo hicieron

Los que no quiso coger

Los que sí eligió tomar

Los que no pudo alcanzar

Los que dejó escapar

Los que ya no pasaran

 

Y continúa en la estación:

asistiendo al trasiego de los trenes

 

Sólo hay uno que,

ni podrá dejar pasar,

ni -aunque  quiera- se le escapará.

En ése, sabe,

tiene plaza fija e intransferible

 

Consuelo

 

Es que tú, eres muy rara

Desde que tomé conciencia de que los niños ni venían de París, ni los traía la cigüeña, he venido cuestionando lo del tan cacareado amor de madre, -¡qué manía muestra el ser humano en etiquetarlo todo!- pues para mí, el asunto no pasa de meros instintos de reproducción, similares a los que sienten infinidad de hembras de cualquier especie animal.
Pero fue durante mi guerrera época juvenil cuando, necesitada de encontrarle respuesta a todo más porfié con el asunto, enzarzándome en arrebatadas disputas metafísicas-seudo filosóficas con cualquiera que tocara el tema de la maternidad y, si bien los chicos mostraban una indiferencia total sobre una cuestión que les resbalaba, no pasaba lo mismo con las chicas y la discusión echaba chispas rápidamente: se ponían insoportablemente cursis para definir cómo sentían ese amor maternal, en lo más íntimo de no sé bien dónde. Eran todas contra mí.
Recuerdo especialmente a una tal Marta: combativa a la par que inconsistente y que, en cuanto se veía acorralada y sin argumentos que esgrimir, terminaba invariablemente con un: --Es que tú, eres muy rara.
Hoy, muchos años después, he vuelto a coincidir con Marta. Ha sido ella la que me ha reconocido e invitado a charlar ante una taza de café, sobre los viejos tiempos. Aunque no me apetecía en absoluto retomar discusiones pasadas, me ha podido la curiosidad de saber cómo le fue con su amor de madre por bandera, y he aceptado. Más que una conversación, lo nuestro ha sido un monólogo; yo me he limitado a intercalar monosílabos y alguna que otra exclamación del tipo: ¡Ah, sí! ¡Qué me dices! ¡De verdad!
Como si tuviera prisa en soltarlo, me cuenta que es madre de una niña de tres meses y su calvario hasta conseguir parirla: diversos tratamientos de fecundidad, -que explica con pelos y señales- y finalmente la inseminación artificial.
Mientras habla y habla la observó atentamente: se me antoja algo mayor ya para someterse a todo lo que cuenta, pero me he librado mucho de expresarlo en voz alta.
--Es que -continúa, ajena por completo a lo que tengo en mente- no me hubiera sentido realizada como mujer si no llego a dar a luz… ¿recuerdas cuando discutíamos sobre el amor maternal?
La percibo tan combativa e insustancial como hace una pila de años; pero, como a mí me la trae ya al fresco la etiqueta que quiera ponerle a sus sentimientos, me limito a sonreír y enfatizo sobre el amor de madre. Si su inteligencia hubiera corrido pareja a su edad habría notado mi sorna; no ha sido así y sigue con lo suyo:--Por fin he podido realizar el sueño de ser madre; ¿tú, tienes hijos?… es algo increíble de verdad y además he tenido mucha suerte, pues en el Ministerio -es funcionaria- me han facilitado guardería para la Yoli: la dejo -bueno, la lleva y la trae Jorge- por la mañana a las ocho y me la guardan hasta las ocho de la noche… además cuando me la entregan ya está cenada y sólo hay que acostarla al llegar a casa.
¿No le das el pecho? -pregunto por preguntar-
Me mira como si hubiera oído la mayor de las imbecilidades. --¡No! Existen infinidad de leches infantiles que suplen con creces la leche materna; además, me daría mucho repelús dar de mamar y tampoco dispongo de tiempo para hacerlo…pues como te decía, he tenido mucha suerte, apenas he de ocuparme de ella, es muy buena y duerme de un tirón… y los fines de semana se la disputan mis padres y los abuelos paternos, así que: una semana se la quedan los unos, otra semana los otros y todos contentos… ah, también se turnan para llevarla al pediatra… me gustaría que la vieras, es una monada, de verdad que sí (Yo, no lo pongo en duda; lo que sí dudo es, que sepa realmente qué cara tiene su hija)

Nos despedimos con dos protocolarios besos, emplazándonos a llamarnos para quedar y seguir charlando.
Tras perderla de vista, no he podido evitar sonreír y susurrar para mis adentros: ¡Es que tú, eres muy rara!

 

Consuelo

Si resulta

Si resulta que sólo somos un mal sueño de alguien.
¡Qué suene ya el despertador!

Y acabe con su pesadilla y la nuestra

 

Consuelo

Tanto tiempo después

Que no se obstinen en querer venderme la moto.

Me sé fiambre

 

Mas, sigo aquí:

Cumpliendo condena en este purgatorio maquillado.

Compartiendo cautiverio con otros zombis

-vergonzantes ellos-

Y castigada a la pena de las penas: tener conciencia de que lo soy

 

 

Y aún hoy, tanto tiempo después, 

(desde el mismo instante en que,

queriendo ir contigo vete a  saber a qué paraísos,

me colé de polizón el la barca  de Caronte

y fui desembarcada a la fuerza por la Revisora) 

mi naturaleza permanece inalterable

 

 

Consuelo

 


 

DE LA SERIE: EL CUARTO PODER

Y yo, sin bufanda

 

Esos gurús mediáticos en que se han convertido los meteorólogos que cubren la información del tiempo y a los que, en  ocasiones, encomendamos muchos de nuestros proyectos, se han cubierto de gloria  este verano.

Colocaron sobre nuestras cabezas -allá por los inicios de la primavera- la espada de Damocles, en forma de amenaza del verano tórrido que se nos avecinaba: “Uno de los más calurosos de los últimos tiempos” apostillaron para amedrentarnos aún más. Creyéndoles a pies juntillas, incluso se llegaron a lanzar consignas a la población a fin de paliar aliar en lo posible los efectos de la canícula de este 2007; a saber: beber mucho líquido, embadurnarnos de cremas hasta las cejas, retirarle el saludo al sol, atrincherarnos entre ventiladores y aires acondicionados…

Transcurrió junio sin verle las orejas al lobo; julio hizo otro tanto sin dejarse oír su aullido: no sólo no ha hecho el calor anunciado sino que, incluso las temperaturas, no han alcanzado en ningún momento, los valores a las que el séptimo mes nos tiene acostumbrados.

En agosto tuvimos cuatro días de bochorno, debido más a la acusada humedad ambiental, que a las temperaturas en sí. Después comenzaron las lluvias.

Y otra vez, contundente, el oráculo de los supuestamente  entendidos en esto de fríos y calores se hizo oír: ¡Se podía dar por terminado el verano! Sí, a mediados de agosto, para ellos, el verano había concluido.

¡¡Tíos!! -me dije al escucharles- se tendría que castigar vuestra incompetencia  obligándoos a pasar lo que resta de verano con sus correspondientes días calurosos -que los habrá- a ir con anorak y pasamontañas.

 

Si yo, que soy una profana en esto de la meteorología, con mojarme un dedo índice y exponerlo al intemperie, soy capaz de pronosticar el tiempo que va hacer en la próxima media hora, con un margen de error mínimo; ¿cómo, profesionales a los que se les supone conocimientos en la materia, no distinguen el granizo de una tormenta de verano de un chuzo de punta?

Sólo se me ocurre pensar que, una de dos: o los que dan los pronósticos diarios sólo son bustos parlantes que dependen de los datos proporcionados por los becarios de turno; o son socios capitalistas de empresas de refrigeración interesados en acobardar al personal y así ganar una pasta gansa.

Esto último, sin duda, este año lo han conseguido .

 

Consuelo  

 

Detrás de los cristales, llueve y llueve

Tú eres tonta o qué, -me auto espeto- llorar por una simple fiesta mayor de barrio, con lo que está  pasando por el mundo!

Atrás voy dejando: las caras desilusionadas de los que llevan todo el año preparando los decorados; a los de la banda callejera de música, quienes, protegidos con chubasqueros amarillos, le plantan cara a la tormenta y hacen sonar sus instrumentos; las calles con sus sillas y mesas recogidas, vacías; las guirnaldas de papel pinocho, deshojadas por el agua; el tobogán y la casa de la bruja, esperando a unos niños que no vendrán...

No, pero si no lloro; es esta maldita lluvia que moja mis mejillas.

 

Consuelo

 

 

 

 

 

Naderías

 

Abajo:

El hormiguero humano bulle.

Unos aspersores riegan los parterres.

Un perro pata en alto, mea junto a un árbol.

Otro perro acude a olisquear la orina.

Tres ancianos inexpresivos ocupan un banco.

Una mujer y un caniche hacen otro tanto en el banco contiguo.

El kiosco de helados cerrado a cal y canto soporta la solana.

Cinco cotorras (ruidosas como cien) celebran un cónclave matutino

 

Arriba:

En la bóveda celesta maquillada de azul calima,

un avión dibuja una estela blanca que,

Eolo, aventa.

Una nube impertinente,  trata de difuminarle el color

al cielo que esta noche,

se cuajará (con permiso de las impertinentes) de estrellas

y ofrecerá la rentrée -siempre primicia- de una luna tajada de sandía.

 

Y yo desde mi terraza -jardín efímero de

cuatro geranios, un par de enredaderas y unas clavellinas de capa caída-.

como privilegiada espectadora en butaca de palco:

sorbo un poco de té al limón, helado;

entrecierro los ojos;

Goytisolo resbala de mis manos y…

Sucumbo a la ensoñación

 

Si esto no es la felicidad, seguro que es su hermana gemela

 

Consuelo

 

MODAS Y MODOS

De panzas y panzones

Para alguien (o sea, yo), que posee una zona umbilical bastante resultona y que las pocas veces que se ha decidido a mostrarla fuera de las zonas de baño, ha dejado el listón muy alto, le resulta difícil -por no decir imposible- ser benevolente ante la visión de algunas panzas ajenas.
Y es que, no se trata de seguir la moda -cualquier moda- porque sí; porque se es joven y en esa etapa de la vida, parece existir licencia para todo: se puede tener juventud, una anatomía súper atractiva y, sin embargo, ser dueña de un panzón de ballena preñada de trillizos.
A la hora de dar rienda suelta a nuestro instinto exhibicionista, hay que saber diferenciar lo que se puede lucir de lo que no. Tod@s tenemos algún encanto propio e intransferible al que sacar partido, y para el que, seguro, habrá moda que siente de maravillas. Sólo es cuestión de encontrarlo, explotarlo y sentirnos diferentes al resto.

Por todo ello: cuando veo esas barrigas descomunales oscilando de derecha a izquierda y viceversa, o botando arriba y abajo, no puedo evitar traer a la mente aquel tanguillo que la desaparecida Lola Flores, recitaba con su personal gracejo y que dice algo así: "...ella sí que por arriba y abajo le salen colgajos y nos redondeles, que ella dice que son de manteca y se mete los pisapapeles en la biblioteca..."

Mención aparte, merece el panzón de las gestantes que se animan a lucirlo. No sé quién las puede haber convencido de que están guapas con él al aire. ¡Ojo! No me estoy metiendo con el embarazo ni las embarazadas; sólo lo hago con las que esgrimen la cursilada de la maternidad y su intrínseca hermosura, para sacar la tripa al sol, cuando, se mire por donde se mire, estéticamente no deja de ser un panzón por lo general feo, que estaría mejor tapadito: por el bien de retinas ajenas y por el de su feto: quién puede asegurar que no pasa frío. ¡Pobrecito! Como desde donde está no puede quejarse.

Consuelo


_________________

En esta hora del ocaso

Plantó un pino que no medró.
Escribió libros en hojas virtuales.
No condenó a vivir a nadie

 

Anda a la postre:
desmotivado en lo de desfacer y desfacer,
cansado de encasquetarse la bacía,
plantar cara a los molinos y
dolorido por los rebotes de sus lanzadas al aire

 

Finalmente se ha decidido a presentarlos:
-Aquí unos molinos
-Aquí unos vientos
Y, entregados a la liturgia de su danza,
los ha dejado.
Sólo les reclamará de tanto en tanto
con su brisa,
alguna caricia al compás de tres por cuatro

 

Su vida fue como fue.
El guión, -por pluma ajena- ya estaba escrito.
Y si ni las autoenmiendas lograron mejorar las malas escenas
¿Por qué va a ser diferente en el epílogo?

 

Hubo lo que hubo. Hay lo que hay. Habrá lo que habrá

 

Con la melancólica claridad que le brinda la luz de la tarde,
sabe que, si decide tirar adelante la representación,
no conseguirá la gloria pero tampoco habrá abucheo.
O que, si elige hacer caer el telón en cualquier momento,
no tendrá que devolver el dinero ni habrá reclamaciones

 

Ya todo está tan claro
Ya todo está tan puntualizado
Ya todo está tan asumido

 

En esta hora del ocaso

Consuelo


   

     

 

MODAS Y MODOS

San Cantinflas

Consiguió transmitirme su desazón: temor de que, de un momento a otro, iba a quedarse sin pantalones y, lo que es peor, de que iba a dar con sus piños en el suelo. Los vaqueros deslizándose peligrosamente muslos abajo dejaban al descubierto por completo, unas nalgas protegidas por unos calzoncillos azulones de enorme etiqueta identificativa (posiblemente marca puturrú de puturrú). Los bajos de las perneras hacía rato que, tal que escoba de barrendero municipal, barrían todo aquello que se pusiera a su alcance: papeles, colillas, plásticos…
Aunque iba tras de él y no tenía acceso visual a su parte delantera, por la forma compulsiva con que se echaba mano a la zona genital, intuí que la pobre titola estaba siendo castigada lo suyo, con el roce de la cremallera y el botón metálico.
Finalmente decidió cobijándose en la entrada de un edificio de pisos y, ante la caja de timbres, hacer ver que buscaba el piso al que debía llamar. Pasé intentando parecer indiferente al mal trago del pobre muchacho; pero, qué quieren, mi curiosidad fue mayor: terminé mirando con descaro y ver cómo se apresuraba a ajustarse la prenda que, a buen seguro, no tardaría en volver a caer.

En modas, el todo vale no sirve siempre y en el caso de los pantalones caídos, la mayoría de de sus usuarios deberían, antes de hacerla suya, encomendarse a su creador: San Cantinflas, que fue quien con más naturalidad y gracia supo lucirla.
De lo impresentable y poco favorecedora que es esta moda, son conscientes las féminas: pocas se atreven a lucirla. A ellas les va más lo de la panza al aire; pero eso de las panzas y panzones, lo dejo para otro día.

Consuelo


La violeta

Toda humildad,

te camuflas en la hojarasca

¿No sabes de tu hermosura?

¿No sabes de tu fragancia?

 

Consuelo

 

Estado vital: no sabe no contesta

 

Sin  recurrir a nanas

ni a músicas calma fieras

-su rugido enmudeció hace tiempo-;

se ha quedado adormecida

 

Y así, cataléptica,

transcurre su vida de zombi.

 

Y así, cataléptica,

sólo recibe condescendencia

 

Tal vez intuyen, que ya no está viva

 

 

Consuelo

 

 

 

Tú y yo: inquilinas del mismo útero

 

 

Te imagino sonriendo
igual que yo sonrío, al evocar como,
tal que mimosas aventadas
volaban nuestras risas,
cuando recreábamos un invierno muy lejano,
donde ejerceríamos de ancianitas encantadoras

Tú, con tu proverbial sensatez,
desfaciendo entuertos al garrotazo limpio.
Yo, toda despiste,
enviando a Cuenca, al incauto que preguntara por la Plaza de Cataluña o la Puerta del Sol

Tú, te apeaste -te aperaron- en la estación Verano,
llevándote mi brújula en tu equipaje.
Yo, continúo viajando hacia donde la conductora quiera llevarme

Y te imagino
-en ese más allá que el miedo humano inventó-
sonriendo igual que yo sonrío…

 

 

Consuelo

Luna Azul

 

 

Para quienes poseemos la capacidad de poder disfrutar con el diario ocaso del sol, o la simple contemplación de un cielo estrellado; para los que una lluvia de estrellas, o un eclipse constituyen fiesta mayor; en este mes de junio de este año 2007 vamos a sentirnos como para lanzar cohetes y no únicamente en esa noche, que la superstición popular elevó a la categoría de mágica; sino porque este mes de junio de este año 2007 podremos, además, disfrutar de una Luna Azul ¿…?
Sí, esa luna que en su fase más rotunda, hace doblete en un mismo mes, solamente una vez cada tres años.
¡Pedazo espectáculo y…totalmente gratis!
¿Se puede pedir más?

 

 

Consuelo

El Espíritu de la Navidad

 

Afectado

Empalagoso

Machacón

Hipócrita

Insufrible

...

Y aún con todo, no se le puede acusar de taimado traidor.

De cualquier cosa menos de eso.

Él, siempre avisa de su llegada

¡Vaya si avisa!

 

En oyendo

allá por los albores de noviembre,

sus precursoras fanfarrias,

nuestra derrota está cantada:

ya no existe fin del mundo

donde escapar a esconderse

 

Sólo queda el tirar la toalla,

aceptar la paliza sin condiciones y,

aguantar estoicamente el noqueo.

Total, son cuatro días

y un  año por delante para reponernos

 

O no, si el castigo ha sido severo

 

 

Consuelo

 

 

 

 

 

Greguerías

Greguerías

·         El agua del mar debiera tener fama de simpática: es la mar de salada

·         El tomate está normalmente así de colorado, porque ha utilizado una crema solar de bajo factor protector

·         La pega del mañana es que cuando llega ya es el hoy

·         Un niño bien rebozado con la tierra del parque, añadiéndole un poco de bechamel: tiene que antojársele a un ogro una croqueta deliciosa

·         El optimista ve el vaso medio lleno y el pesimista medio vacío. Llega el ecuánime y de un trago se bebe el contenido

·         Leer los periódicos es el mejor método para aprender a escribir mal

·         Nacer y morir: son como las dos partes de un bocadillo donde el fiambre eres tú

·         El reloj no es más que un mero adorno; es el tiempo quien implacable marca las horas

·         La paella no suele ser plato que goce de buena fama entre los adolescentes con acné: tiene muchos granos

·         Los maricas son adorables: no persisten en la manía de demostrar continuamente lo machotes que pueden llegar a ser 

·         Un libro con sus hojas en blanco adorna igual en los estantes de la biblioteca que otro con profusión de letras

·         El agua: como elemento incoloro, inodoro e insípido, ha quedado obsoleta

·         Si nuestro mundo es obra de algún dios: sin duda se trata del borrachuzo del Olimpo

·         Los médicos son profesionales que, mediante carrera, han aprendido como rematar a los enfermos

·         Al perro al que se le corta el rabo se le está dejando con media sonrisa

·         Una casa puede comprarse con dinero, un hogar no; una casa no es un hogar

·         Europa: europeos; América: americanos; África: africanos; Asia: asiáticos; Mundo: ¿mundanos?

·         El huevo hay que comerlo deprisa y no darle tiempo a que nos muestre las plumas

·         El juego preferido de las palomas ciudadanas es: comprobar quién tiene mejor puntería excremental

·         La playa en una gran sartén de fritanga humana: la sal la pone el mar 

·         Dominguero: especie que fomenta la emigración de los bichos del bosque

·         El soñar no cuesta dinero; pero las frustraciones que provoca sí: la minuta de psicólogos y psiquiatras suele ser elevada 

·         El espejo parece ser uno de los enseres más caro que existen: las calles están llenas de gente que carecen de él

        Consuelo

Decálogo del No

    

  • No dejar de oír al silencio: dice cosas muy interesantes
  • No reírse de los demás: para qué están los espejos
  • No escupir al cielo sin estar pertrechado de paraguas
  • No ir de sabelotodo: los niños son unos grandes preguntones
  • No oír imbecilidades ajenas: auto escúchate
  • No confesar a nadie que se carece de móvil: ¿Quieres que te ingresen en una loquería?
  • No creer a ningún  político@: aprende tú a vivir del cuento
  • No dar un trato diferencial a la mujer y al hombre: la necedad o sabiduría no tienen sexo
  • No poner la otra mejilla: la cirugía estética está por las nubes
  • No olvidar que se vive entre humanos: agénciate una buena coraza

 

  Consuelo

Aquí sí hay playa, vaya, vaya

 

Entre los años1847 y 1848 España iniciaba su historia ferroviaria con la puesta en funcionamiento de la línea Barcelona-Mataró.

Sirva este archiconocido dato de introito al siguiente interrogante: ¿¡Qué diantres pasó luego para que los promotores del proyecto, terminaran marchándose con los raíles a otra parte!?

Y me hago la pregunta hoy, cuando un gran viajero me ha tachado de ignorante -que lo soy- por no saber que Barcelona, no tiene comunicación directa en ferrocarril con un buen puñado de ciudades españolas.

Ciento sesenta años después de que el primer tren saliera pitando, planeando unas vacaciones con el ferrocarril como único medio de transporte, me encuentro con la sorpresa de que se tarda menos en volar a Cuba o Nueva York, que cubrir la distancia entre Barcelona y Lugo, por ejemplo, en alguno de los escasos trenes diarios que realizan el trayecto.

Pasado el inicial estupor-mediocabreo-alucinepepinillos al que mi estulticia me ha abocado, he sonreído. Si, doy mi palabra de que, en lugar de despotricar en arameo, sólo he sonreído al venirme a la mente cómo alguno@ de  los muy viajados que conozco, regresan de su paseo por las quimbambas con afectada conmiseración hacia esas pobres gentes que pueblan lo que ellos llaman tercer mundo y que es, precisamente, donde al parecer les gusta ir. Criaturitas; pero si el tercer mundo, al menos en lo que ha infraestructura ferroviaria se refiere lo tenéis aquí mismo. Intentar llegar al Tajo sin pasar por el Manzanares y sabréis lo que vale un peine. Se os hará la luz -igual que se me ha hecho a mí- sobre el porqué nos obstinamos en vivir apiñados en puntos concretos de nuestra piel de toro, mientras miles de hectáreas permanecen semidesérticas: campos abandonados, aldeas sin ninguna clase de servicios, pueblos fantasmas…

 

Vaya,  me temo que he terminado triscando por los Cerros de Úbeda. Y eso que sólo quería hablar de Barcelona y su deficiente comunicación en tren con buena parte del resto de la península; y  hablar de Barcelona, no es hacerlo de un pueblito perdido en medio de nada, ni de un lugar inhóspito; sino de una gran urbe: ciudad mediterránea cargada de historia, cosmopolita, de rica cultura  y que, además, sí tiene playa.

 

 

Consuelo

 

 

 

PLATAFORMA (Crítica teatral)

 

 

No, no lo consiguen. Ni las excelentes interpretaciones de los cinco actores y las dos actrices (incluyo a la moza quien, siempre desnuda, transita por el escenario durante toda la representación, sin que se sepa exactamente de qué es alegoría) logran que la obra no resulte completamente infumable.  

El mensaje -si es que lo hay- queda sepultado bajo un alud de pollas, coños, felaciones,  masturbaciones y penetraciones varias y, hasta la bella historia de amor que de tanto en tanto se vislumbra entre Valérie y Michel, es dinamitada por un atentado terrorista metido con calzador: puro panfleto anti islamista.

El montaje de la obra, podrá haber obtenido todos los premios que ustedes quieran, pero doy fe que, de haber  existido un entreacto, cuatro miembros del público no hubiéramos regresado a nuestros asientos.

Al final se sale -yo salí así- con una cara de gilipollas de aquí no te menees y con la sensación de haber sufrido un atraco: 22 € del ala que, de haber sabido exactamente lo que iba a presenciar, no hubiera dilapidado tan alegremente.

 

Consuelo

Libertad

 

Por ti:
Voy tocada con bacía y blando mi espada de madera
Vuelo alto con sólo agitar las alas de los sueños
Soy paupérrima en tiempos de insolente abundancia
Me erijo as imbatible en el podio de los perdedores
Desnudé ideales y sentimientos de su opresor corsé
No hago tintinear la quincalla de la petulancia
Arañé los barrotes hasta convertirlos en polvo de oro
Luzco anulares con falanges huérfanas de quilates
Saboreo migaja a migaja una vida sin levaduras
Amanezco una y otra vez en pos de mi cita contigo
Emerjo de rescoldos aun sepultados por nieves
Danzo en mi propia agua donde otros se ahogan
Abdiqué de la corona del reino de los oropeles

Por ti:
Qué importa permanecer invisible en sala de mil espejos
¡Soy!!

 

Consuelo

 

 

 

Dicen

 

Dicen:
Que deambulo por el sueño
Que obvio la realidad
Que eso no es estar vivo
Que me cierro a la verdad
Que la vida hay que sufrirla
y que poderla sentir,
pasa por permitirle
que pueda cebarse en ti.
Que lo mío es quimera
Falsa idea que alimento
Que me engaño
Que me miento
Que es posible, en todo caso,
lo mismo que estar ya muerto.

Venga pues sueño mortal
Donde vivo lo que siento
Y si esto es estar muerto
¡Qué viva la eternidad!

 

 

Consuelo

 

Acerca de violonchelo

La vida y sus circunstancias a través de los ojos de una soñadora cabreada

Suscríbete

RSS | Atom

Contacto

Contactar


Used cars Albergado en:blogdiario.com

Noticias: Noticias

Un servicio de HispaVista

Contador gratis contadorplus.com